4 de junio de 2021

Lo atamos con alambre

 

Argentina, la república en el alambre

19 millones de personas en la pobreza muestran la fragilidad de un país que improvisa demasiado

Una mujer pasa delante de un local cerrado por la crisis económica en Buenos Aires, en junio de 2020.
Una mujer pasa delante de un local cerrado por la crisis económica en Buenos Aires, en junio de 2020.RONCORONI / EFE

El alambre es el gran recurso argentino. Si una silla se rompe, la atamos con alambre. ¿Problemas con la cisterna? Ponemos un alambre. Techos, señales de tráfico, puertas, carteles o motores funcionan gracias a quien tuvo la ocurrencia de poner ahí un alambre. “Atar con alambre” es una metáfora muy argentina. Quiere decir “salir del paso sin mucho esfuerzo”. La bendición del ingenio criollo. También su maldición. “Atar con alambre” se resume en una palabra más contundente: chapuza.

La combinación de una pandemia con casi 80.000 muertos, hasta ahora, vacunación lenta y acusaciones de corrupción o inoperancia, pérdida de imagen del Gobierno por sus idas y sus vueltas, desempleo creciente, alta inflación, fábricas a medio gas, inmensas deudas públicas y privadas y 3 millones de nuevos pobres en el último trimestre, según datos de la Universidad Católica Argentina (UCA), muestra los límites de la improvisación en la que tantas veces vive Argentina, sea cual sea el gobierno.

Cambios recurrentes de normas, de impuestos, de políticas, de organización, de condiciones o, simplemente, de alambre. Hasta el propio Presidente de la República respondía, durante una entrevista, con toda una declaración a la pregunta de por qué no había plan económico: “Los odio. Nunca se cumplen”.

Una larga cola de 19 millones de pobres multiplicados a lo largo de décadas representa hoy un 42% de la población argentina, según el Instituto de Estadística y Censos (INDEC). Todo un golpe al elevado ego nacional. La lupa convierte el porcentaje del INDEC en tragedia: en el cinturón de ciudades que rodean la capital, el llamado conurbano, la mitad o más de los vecinos es pobre, una cantidad que puede llegar a 5 millones de personas. De cada 10 niños, 6 o 7 viven en la pobreza. Junto a ellos, la clase media camina también por un delgado alambre: el 75% de las familias está endeudado, según los datos del Banco Central.

Hay perdedores de los perdedores, los que ya no tienen ni un alambre para sujetarse. Como los 25 vecinos de Anfama, una aldea de montaña en Tucumán, que caminaron 12 horas por el lodo y bajo la lluvia para trasladar a Flora Balderrama, 80 años, paralizada por la picadura de un alacrán. Podía haber ido un helicóptero sanitario, pero no estaba en servicio. Podía haber ido una ambulancia, pero el camino era inaccesible. En una zona boscosa, húmeda y montañosa, nada estaba preparado para la inclemencia del tiempo.

Decidieron armar una camilla con ramas, envolvieron a Flora en mantas y la ataron para que no caiga. Caminaron durante 40 km hasta encontrar, por fin, la ambulancia. Eso sí, en Argentina no hay final feliz: no había enfermeros ni médicos. Solo un chófer. “¿Por qué nunca hay un plan para asistirnos si nos pasa algo?” se preguntaba exhausto uno de los aldeanos. “En Anfama no hay médico más que una o dos veces por mes. La escuela tiene wifi, pero queda apagado parte del día. Para comunicarse hay que llamar a una base por radio y de ahí a un teléfono”, cuenta Mariana Romero, una periodista que narró en directo la travesía.

“La decadencia de los últimos 50 años en nuestro país es autoinfligida. No supimos lograr estabilidad institucional, con partidos políticos fuertes y consolidados, ni un modelo de desarrollo consensuado”, reflexiona Alfonso Prat-Gay, ministro de Economía en el anterior gobierno de Mauricio Macri. “Nuestro PBI per cápita ahora es el mismo que el de 1970”, remata.

El 60% de la población piensa que la economía, su economía, irá a peor en los próximos meses y que no hay plan para el futuro, según una encuesta de mayo hecha por la consultora Management&Fit. En un estudio de la UADE (Universidad Argentina de la Empresa), entre las diez primeras palabras para definir el estado de ánimo, sólo dos eran positivas: optimismo o tranquilidad. El resto iba de mal en peor: desde mal humor a ansiedad, pasando por el decaimiento, la tristeza y mucha, mucha incertidumbre.

“Nos quedamos anclados en el ensoñación de lo que fuimos”, dice Fabio Quetglas, diputado de la oposición y economista especializado en desarrollo. “No logramos pensar a largo plazo y el resultado es un país que no tiene un plan para desarrollarse y gestionar con inteligencia sus recursos”. “Argentina lleva más de 40 años sin entender el mundo que nos rodea. Después de la crisis de 1929, se recuperó en dos o tres años, antes que Estados Unidos. Había un plan. La Pampa fue el motor del desarrollo y se integró al mundo. Había tecnología, normas de propiedad, genetistas para mejorar el ganado y una élite que había tocado fondo, que necesitó adaptarse. Duró décadas pero quebró con la crisis del petróleo en 1975”, explica Quetglas.

En ese año aproximadamente llegó el señor Ávalos a Buenos Aires. Uno de los miles de niños que emigraban desde el norte hacia la ciudad de las promesas. Con su madre, encontró unos metros cuadrados de tierra, hicieron un techo y empezaron a dar vueltas por la vida porteña: a veces un empleo, a veces no. A veces un poco de carne, a veces arroz. Un día mejor, otro día peor. La vida de Ávalos nunca fue mucho mejor que eso. Precaria. En esa precariedad nació hace 34 años su hijo, Mariano. En 1987, antesala de la hiperinflación más grande de la historia argentina, al final del Gobierno de Raúl Alfonsín. Jugaba a la pelota en los años noventa, cuando el ex presidente, Carlos Menem, anunciaba que un peso era un dólar, presentaba un sistema para viajar a la estratósfera liderado por Argentina y crecían rápido las riquezas en cada esquina.

A Mariano Ávalos nunca le tocó ni una pepita de aquella fiebre. Por no tocarle, ni siquiera le tocaba salir de excursión al Museo de Ciencias Naturales, porque no tenía ni DNI. En su barrio, en la villa de la Cava, no necesitaba documento, un peso era un peso y la única riqueza que se veía eran las camionetas de los propietarios de talleres textiles clandestinos. Cuando ya le tocaba buscar trabajo y seguir estudiando, le cayó encima la crisis del 2001 a los 14 años. Vio en la televisión cinco presidentes en una semana. Su padre sin trabajo, él y sus ocho hermanos, sin esperanzas. La vida iba en bajada.

Pero Argentina, tanto como se hunde se recupera. Así fueron los primeros años del nuevo siglo, con cuentas equilibradas y un boom de soja entre desde 2003. Parecía que las cosas mejoraban: logró documentarse, estudiar gastronomía y emplearse en una Municipalidad. Ahora subía.Y tanto como se recupera se hunde. Un nuevo golpe económico, entre 2015 y 2018, empobreció más a Mariano. Estaba entrenado para sobrevivir y siguió adelante. Hasta que llegó la pandemia en 2020. Entonces, sintió el golpe como un derechazo a cámara lenta. Se quedó sin trabajo, su vida se ha detenido. “Ya no tengo sueños”, dice Mariano. “Quiero trabajar de lo que sea, ordenarme la vida”.

“La economía Argentina rebota después de cada crisis pero ese sube y baja deja siempre la pobreza un escalón más arriba que en el inicio del ciclo anterior”, explica Prat-Gay. “Esa inercia decadente se quiebra sólo con un Programa de Desarrollo que transforme el rebote ocasional en crecimiento genuino y que destierre para siempre el estancamiento y la volatilidad”.

Argentina ha pasado por inflaciones, endeudamientos, hiperinflaciones, corralito, más inflaciones y quiebras. Cuanto está a punto de caer al precipicio aparece un viento favorable que la salva. Nada se arregla verdaderamente, pero la rueda sigue rodando.

“Es como el jugador en una ruleta. Tras una mala noche pierde sus ahorros, vende el coche y se sube a un taxi, borracho, pensando cuándo lo echarán su mujer y sus hijos de casa, pero entonces… encuentra una billetera olvidada. Dinero fresco! Logra ocultar el desastre a su familia, vuelve a jugar y vuelve a arruinarse, a la espera de encontrarse con otro milagro”, cuenta Fabio Quetglas.

Juan Mamani se siente perdedor en este casino. Hombre, 38 años, se manifiesta en el Obelisco, el centro simbólico del país, por no tener trabajo. “Hasta 2019 fui empleado 10 años en una empresa tabacalera. Nos echaron a mí y a 200 compañeros más. En mi pueblo, esa fábrica era la vida. Tuve que venir a Buenos Aires para encontrar otro trabajo. Yo tenía planes en mi pueblo. Pero en Argentina no podés planear nada”, explica Mamani. “Ni una noche mirando la televisión porque donde vivo te cortan la luz siempre”.

Florencio Varela, donde vive Juan, a unos 25 km del centro de Buenos Aires y 120 minutos en transporte público. Es uno de los distritos más pobres del país. 70% de los menores vive en la pobreza. Las ambulancias no llegan si te enfermas, la policía tampoco llega si te roban. Calles de barro. Barrio de ranchos. “Ni siquiera hay cloacas”, aclara Mamani.

En Argentina, un tercio de la población carece de cloacas, un tercio padece inseguridad alimentaria, un 12% no tiene agua corriente, un 24% vive entre basurales, según el Informe Deudas sociales en Argentina, de la Universidad Católica Argentina (UCA) que lleva décadas midiendo la pobreza. “Nos hemos acostumbrado a que un 40% de la población viva en la pobreza sin que esto despierte indignación. Es el reflejo de la incapacidad de la clase dirigente de nuestro país para encontrar un desarrollo económico inclusivo y sustentable”, dice Prat-Gay.

“Tenemos un estado tan ineficaz que transforma miles de millones de pesos formales del presupuesto público (un 75% va a gastos sociales) en dinero negro. Primero, en efectivo que sacan de los cajeros quienes reciben ayudas. Y luego usando ese dinero ennegrecido en los comercios del barrio. Todo un estímulo a la precariedad y a la pobreza”, dice Jorge Alvarez de IADEPP, una ONG enfocada en argentinos indocumentados. Según un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), la evasión de IVA va de entre 3.000 a 4.000 millones de USD. La economía en negro es el gran territorio en el que se mueven casi 20 millones de argentinos

“No vas a arreglar la pobreza haciendo que las personas usen su tarjeta, pero al menos es un camino para salir de la informalidad y de la pobreza”, dice Gabriel Bizama, consultor de Naciones Unidas sobre inclusión financiera. “Podría permitir que haya acceso al crédito para mejorar una casa o armar un negocio. En Argentina no hay crédito o las tasas son altísimas”. El diagnóstico suele estar claro en este país. El problema es cómo se hacen las cosas. Consume horas de debates y discusiones desde hace décadas. De esas tertulias sobre qué hacer con este país había muchas en el Café La Puerto Rico.

En su salón de techos infinitos y columnas de mármol hasta hace poco escuchabas eso tan porteño sobre “lo que pudimos ser y al final no fuimos”. Se fundó hace 100 años, cuando Argentina era una de las potencias del planeta. En sus ventanales se refleja un país distinto. La ciudad esplendorosa se ha llenado de familias en portales, niños malnutridos y adolescentes arrastrando carretas llenas de cartón. El Café cerró sus puertas por la pandemia de la covid. Sus reliquias deben estar a la venta, como un viejo poster publicitario que colgaba de sus paredes: “A los campeones argentinos”, conmemoración del Mundial 78. El póster hoy se remata a 5,9 dólares en Mercado Libre, el Amazon latinoamericano

6 de mayo de 2021

7 mitos sobre el sexo despues de los 50 a;os

 

7 mitos sobre el sexo después de los 50 años

Todas son falsas creencias porque para la sexualidad no hay edad. Lo que sí sucede es que con el paso del tiempo el cuerpo puede presentar cambios

7 mitos sobre el sexo después de los 50 años (Shutterstock)
7 mitos sobre el sexo después de los 50 años (Shutterstock)

El sexo no tiene fecha de vencimiento. No hay ninguna condición que nos quite la posibilidad de vivir y disfrutar de nuestra sexualidad, comprendiéndola en sentido amplio. Lo que sí sucede con el tiempo es que nuestro cuerpo y nuestra respuesta sexual pueden presentar cambios y es por eso que es importante comprender que todo nuestro cuerpo es un territorio erótico. Ampliar la sexualidad más allá de lo genital nos enriquece. Muchas veces lo que nos pasa es que confundimos un cambio fisiológico con un problema.

¿Qué mitos circulan?

Empecemos por desterrar los principales mitos que giran alrededor del sexo y el paso del tiempo:

-Que las personas de edad no son deseables sexualmente. Vivimos en una sociedad que estigmatiza y rechaza el inevitable paso del tiempo, ejerciendo mucha presión sobre qué es deseable y que no.

-Que con el tiempo se pierde el deseo.

-Que se pierde la capacidad de tener una relación sexual.

-Que empeora la calidad de las relaciones sexuales.

-Que si no hay buena lubricación o erección, significa que no hay ganas.

-Que la actividad sexual a cierta edad es riesgosa.

-Que no es necesario cuidarse si no hay riesgo de embarazo (acá estamos ignorando el riesgo de infecciones de transmisión sexual).



Estas falsas creencias se refuerzan sobre una idea muy instalada: el apogeo sexual está en la juventud. Sin embargo, en la práctica vemos que esto no necesariamente es así. El paso del tiempo tiene sus ventajas: ganamos experiencia, confianza, nos conocemos más a nosotros mismos e, idealmente, nos tomamos las cosas con más calma y madurez. Tenemos más información, más conocimiento y control de la sexualidad.

¿Cuáles son los cambios esperables?

Con el paso del tiempo, todo se vuelve más lento. Pero mayor lentitud no implica menor satisfacción. Por lo general, vivimos el sexo muy pendientes de esta cuestión: el tiempo y la duración, por ejemplo, si tardo mucho en excitarme o en alcanzar el orgasmo. Ese factor es tan determinante que cuando empezamos a demorarnos más, sentimos desconcierto y ansiedad. El desafío es acomodar nuestra mente a nuestro cuerpo y no al revés. Es cierto que con la edad, puede disminuir la intensidad del orgasmo y podemos tardar más en alcanzarlo. También se alarga el período refractario, es decir, el tiempo que lleva volver a excitarse después de un orgasmo.



El principal cambio lo podemos observar en la fase de excitación de la respuesta sexual: la erección y la lubricación. En la mujer, la sequedad vaginal puede generar un fuerte dolor en la penetración y llevar a la evitación. Esto puede mal interpretarse como falta de deseo o puede derivar en la falta de deseo a futuro si el dolor se sostiene en el tiempo. En el hombre la pérdida o el cambio en su erección impacta sobre su autoestima. Puede notar menos rigidez, sostener la erección durante menos tiempo, presentar dificultades para penetrar o para colocarse el preservativo. Va a requerir una estimulación más directa y por más tiempo sobre el pene. Sin embargo, puede que cuanto mayor sea el nivel de autoevaluación de su erección, mayor la ansiedad y la frustración. Será fundamental que logre conectar la mente con algo que lo excite fuertemente.

Tanto para hombres como para mujeres, existe una amplia variedad de tratamientos posibles que se pueden llevar adelante con el acompañamiento adecuado (Shutterstock)
Tanto para hombres como para mujeres, existe una amplia variedad de tratamientos posibles que se pueden llevar adelante con el acompañamiento adecuado (Shutterstock)

En cualquiera de los casos, sepamos que existe una amplia variedad de tratamientos posibles que se pueden llevar adelante con el acompañamiento adecuado de los profesionales correspondientes, una ginecóloga o un urólogo. Tener información, es la mejor herramienta para erradicar la vergüenza, muchas veces sostenida en la creencia de que los cambios en nuestra sexualidad son culpa nuestra, y no respuestas naturales fisiológicas. Lo importante es que ni la vergüenza ni los prejuicios nos limiten la posibilidad de hacer la consulta y encontrar alivio a los posibles síntomas.

Cada etapa de la vida nos va a desafiar a nivel sexual de una manera diferente, pero ninguna es una sentencia. Hay personas que viven esta etapa como un reencuentro y una liberación. Quizá ya sin los hijos en la casa, sin el miedo de un embarazo, quizá reencontrados con su pareja o encontrando una nueva. Y no tener pareja tampoco es sinónimo de falta de actividad sexual.

La manera en que vamos a responder y acomodarnos a cada cambio tiene que ver con la historia sexual que hemos ido armando a lo largo de la vida. Cultivando una buena salud en general, y una sexualidad sana en particular, y con la información que nos permita vivirla en calma y sin prejuicios iremos por el camino más placentero.

*Cecilia Ce es psicóloga, sexóloga y autora de los libros Sexo ATR y Carnaval toda la vida (editorial Planeta). En Instagram: @lic.ceciliac

23 de abril de 2021

 

El malestar que sientes tiene un nombre: se llama languidez

Es una sensación de estancamiento y vacío. Se siente como si uno estuviera pasando los días sin rumbo, mirando la vida a través de un parabrisas empañado. Y podría ser la emoción dominante de 2021.

 

 

Credit...Manshen Lo


Por Adam Grant

Publicado 21 de abril de 2021Actualizado 22 de abril de 2021

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Al principio, no reconocí los síntomas que todos estábamos experimentando. Mis amigos mencionaban que tenían problemas de concentración. Los colegas informaron que, incluso con las vacunas en el horizonte, no estaban entusiasmados con el año 2021. Un familiar se quedaba despierto hasta tarde para volver a ver La leyenda del tesoro perdido a pesar de que se sabe la película de memoria. Y yo, en vez de saltar de la cama a las 6 de la mañana, estaba tumbado hasta las 7, jugando Words with Friends.

No era agotamiento: aún teníamos energía. No era depresión: no nos sentíamos desesperados. Solo nos sentíamos sin alegría y sin rumbo. Resulta que hay un nombre para eso: languidecer.

La languidez es una sensación de estancamiento y vacío. Se siente como si estuvieras arrastrándote para pasar los días, mirando tu vida a través de un parabrisas empañado. Y quizá sea la emoción dominante de 2021.

Mientras los científicos y los médicos trabajan para tratar y curar los síntomas físicos de la covid de larga duración, muchas personas tienen problemas con la longevidad emocional de la pandemia. Algunos recibimos los embates de la covid, sin estar preparados, mientras el intenso miedo y el dolor del año pasado se desvanecieron.

En los primeros e inciertos días de la pandemia, es probable que el sistema de detección de amenazas de tu cerebro —llamado amígdala— estuviera en alerta máxima de lucha o huida. A medida que aprendías que los cubrebocas ayudaban a protegernos —pero el lavado de paquetes no lo hacía— probablemente desarrollaste rutinas que aliviaban tu sensación de temor. Sin embargo, la pandemia se ha prolongado, y el estado agudo de angustia ha dado paso a una condición crónica de languidez.

En psicología, pensamos en la salud mental en un espectro que va desde la depresión hasta el florecimiento. El florecimiento es la cima del bienestar: se tiene un fuerte sentido del propósito, del dominio y de importarles a los demás. La depresión es el valle del malestar: te sientes abatido, agotado y sin valor.

La languidez es el hijo ignorado de la salud mental. Es el vacío entre la depresión y el bienestar: la ausencia de bienestar. No tienes síntomas de enfermedad mental, pero tampoco eres la imagen viva de la salud mental. No estás funcionando a toda máquina. El languidecimiento empaña tu motivación, altera tu capacidad de concentración y triplica las probabilidades de que reduzcas el trabajo. Parece ser más común que la depresión, y en cierto modo puede ser un factor de riesgo mayor para sufrir una enfermedad mental.

El término fue acuñado por un sociólogo llamado Corey Keyes, a quien le llamó la atención que muchas personas que no estaban deprimidas tampoco prosperaban. Su investigación sugiere que las personas con más probabilidades de padecer depresión grave y trastornos de ansiedad en la próxima década no son las que presentan esos síntomas en la actualidad. Son las personas que languidecen ahora mismo. Y las nuevas pruebas de los trabajadores sanitarios de la pandemia en Italia muestran que los que languidecían en la primavera de 2020 tenían tres veces más probabilidades que sus compañeros de ser diagnosticados con trastorno de estrés postraumático.

 

 

Parte del peligro radica en que, cuando uno languidece, es posible que no notemos el descenso del placer o la disminución del impulso. No te das cuenta de que te deslizas lentamente hacia la soledad; eres indiferente a tu indiferencia. Cuando no puedes ver tu propio sufrimiento, no buscas ayuda ni haces mucho para ayudarte.

Incluso si no estás languideciendo, probablemente conozcas a personas que sí lo están sintiendo. Entenderlo mejor puede ayudarte a ayudarles.

Un nombre para lo que sientes

Los psicólogos creen que una de las mejores estrategias para gestionar las emociones es ponerles nombre. La primavera pasada, durante la angustia grave de la pandemia, la publicación más viral de la historia de Harvard Business Review fue un artículo que describía nuestro malestar colectivo como duelo. Junto con la pérdida de seres queridos, nos lamentábamos por la pérdida de la normalidad. “Duelo”. Nos dio un vocabulario familiar para entender lo que se había percibido como una experiencia desconocida. Aunque no nos habíamos enfrentado antes a una pandemia, la mayoría de nosotros habíamos afrontado la pérdida. Nos ayudó a afianzar las lecciones de nuestra propia resiliencia en el pasado, y a sentir confianza en nuestra capacidad para afrontar la adversidad presente.

Todavía tenemos mucho que aprender sobre las causas de la languidez y cómo curarla, pero ponerle nombre podría ser un primer paso. Podría ayudar a desempañar nuestra visión, dándonos una ventana más clara de lo que había sido una experiencia borrosa. Podría recordarnos que no estamos solos: el languidecimiento es común y compartido.

Y podría darnos una respuesta socialmente aceptable a esta pregunta: “¿Cómo estás?”.

En vez de decir “¡genial!” o “bien”, imaginemos que respondemos: “Sinceramente, estoy languideciendo”. Sería el antagonista refrescante de la positividad tóxica, esa presión tan estadounidense de ser optimista en todo momento.

Cuando añades la languidez a tu léxico, empiezas a notarla a tu alrededor. Aparece cuando te sientes defraudado por tu paseo vespertino. Está en la voz de tus hijos cuando les preguntas cómo les fue en el colegio por internet. Está en Los Simpson cada vez que un personaje dice: “Meh”.

El verano pasado, la periodista Daphne K. Lee tuiteó sobre una expresión china que se traduce como “procrastinar a la hora de dormir”. Lo describió como quedarse despierto hasta tarde en la noche para reclamar la libertad que hemos perdido durante el día. He empezado a preguntarme si no es tanto una represalia contra una pérdida de control como un acto de desafío silencioso contra la languidez. Es una búsqueda de felicidad en un día sombrío, de conexión en una semana solitaria o de propósito en una pandemia perpetua.

Un antídoto contra la languidez

¿Qué podemos hacer al respecto? Un concepto llamado “flujo” puede ser un antídoto contra la languidez. El flujo es ese estado elusivo de estar absortos en un reto significativo o un vínculo momentáneo, en el que tu sentido del tiempo, del espacio y de ti mismo se desvanece. Durante los primeros días de la pandemia, el mejor indicador de bienestar no era el optimismo o la atención plena, sino el flujo. Las personas que se sumergieron más en sus proyectos lograron evitar languidecer y mantuvieron su felicidad prepandémica.

Jugar un juego de palabras a primera hora de la mañana me catapulta al flujo. A veces, un maratón nocturno de Netflix también funciona: te transporta a una historia en la que te sientes unido a los personajes y preocupado por su bienestar.

Aunque encontrar nuevos retos, experiencias agradables y un trabajo significativo son posibles remedios a la languidez, es difícil encontrar el flujo cuando no puedes concentrarte. Este era un problema mucho antes de la pandemia, cuando la gente solía revisar el correo electrónico 74 veces al día y cambiar de tarea cada diez minutos. En el último año, muchos de nosotros además hemos tenido que lidiar con las interrupciones de los niños de la casa, los colegas de todo el mundo y los jefes a todas horas. Meh.

La atención fragmentada es un enemigo del compromiso y la excelencia. En un grupo de cien personas, solo dos o tres serán capaces de conducir y memorizar información al mismo tiempo sin que su rendimiento se resienta en una o ambas tareas. Puede que las computadoras estén hechas para el procesamiento en paralelo, pero a los humanos les va mejor el procesamiento en serie.

Date un tiempo ininterrumpido

Eso significa que hay que establecer límites. Hace años, una empresa de software de la lista Fortune 500 en India probó una política sencilla: nada de interrupciones los martes, jueves y viernes antes del mediodía. Cuando los ingenieros gestionaban ellos mismos el límite, el 47 por ciento tenía una productividad superior a la media. No obstante, cuando la empresa estableció el tiempo de silencio como política oficial, el 65 por ciento logró una productividad superior a la media. Hacer más cosas no solo era bueno para el rendimiento en el trabajo: ahora sabemos que el factor más importante para la alegría y la motivación diarias es una sensación de progreso.

No creo que haya nada mágico en los martes, jueves y viernes antes del mediodía. La lección de esta sencilla idea es tratar los bloques de tiempo ininterrumpidos como tesoros que hay que guardar; despeja las distracciones constantes y nos da la libertad de concentrarnos. Podemos encontrar consuelo en las experiencias que captan toda nuestra atención.

Concéntrate en un objetivo pequeño

La pandemia fue una gran pérdida. Para trascender la languidez, intenta empezar con pequeñas victorias, como el diminuto triunfo de averiguar quién es el asesino de la historia o la alegría de jugar una palabra de siete letras. Uno de los caminos más claros hacia la fluidez es una dificultad manejable: un reto que ponga a prueba tus habilidades y aumente tu determinación. Eso significa dedicar un tiempo diario a enfocarte en un reto que te importe: un proyecto interesante, un objetivo que valga la pena, una conversación significativa. A veces es un pequeño paso para redescubrir parte de la energía y el entusiasmo que has echado de menos durante todos estos meses.

La languidez no está solo en nuestras cabezas: está en nuestras circunstancias. No se puede curar una cultura enferma con vendas personales. Seguimos viviendo en un mundo que normaliza los problemas de salud física, pero estigmatiza los problemas de salud mental. A medida que nos adentramos en una nueva realidad pospandémica, es hora de replantear nuestra comprensión de la salud mental y el bienestar. “No estar deprimido” no significa que no se estén teniendo problemas. “No estar exhausto” no significa que se esté animado. Al reconocer que muchos de nosotros languidecemos, podemos empezar a darle voz a la desesperación silenciosa e iluminar un camino para salir del vacío.

Adam Grant es psicólogo organizacional en Wharton, autor de Think Again: The Power of

18 de abril de 2021

Atención Integral para Adultos Mayores sin cargo

 UNIVERSIDAD MAIMONIDES

Atención Integral para Adultos Mayores sin cargo

El área de Ciencias del Envejecimiento de nuestra Universidad brinda un servicio solidario y gratuito para
atención, escucha, acompañamiento y orientación a las personas mayores y/o sus familiares ante las
circunstancias excepcionales que nos toca vivir con motivo del COVID-19. Ofrece asistencia psicológica,
consejos en relación a cómo ocupar el tiempo libre en el hogar con actividades creativas y reconfortantes;
recomendaciones sobre alimentación sana y salud en general; y orientación ante conflictos familiares o
cuestiones de comunicación intergeneracional.
Este servicio lo lleva adelante un grupo de profesionales (médicos, psicólogos, nutricionistas, terapistas
ocupacionales y gerontólogos) con amplia experiencia en el acompañamiento integral de adultos mayores y
una profunda vocación solidaria.
Los interesados deben escribirnos a mayoresactivos@maimonides.edu dejando los siguientes datos:
Nombre y Apellido, teléfono fijo, teléfono móvil, correo electrónico y Skype en caso de tenerlo.
#SomosResponsables #UMAI

20 de marzo de 2021

Ser padre después de los 80

 

Ser padre después de los 80: los riesgos biológicos y el vínculo con el hijo

El famoso nutricionista Alberto Cormillot anunció que espera un hijo a sus 82 años de edad. La noticia reabrió el debate acerca de los riesgos de la paternidad en la tercera edad relacionados con la biología y el vínculo emocional.

El famoso nutricionista Alberto Cormillot anunció que espera un hijo a sus 82 años de edad. La noticia reabrió el debate acerca de los riesgos de la paternidad en la tercera edad relacionados con la fertilidad, algunos trastornos y enfermedades. Por otro lado, se discuten los beneficios y desventajas del vínculo emocional.  

 

Su esposa, Estefanía Pasquini, 48 años menor que él, confirmó la noticia con una foto en sus redes sociales. Por su parte, el nutricionista contó en Radio Mitre que: 

 

“La decisión de comunicarlo se debe hacer a los 3 meses por una cuestión de prudencia, que es cuando uno está más seguro, pero bueno, ayer en una entrevista Guillermo Andino me preguntó inocentemente si había planes”. 
  

Ser padre a los 82

Desde 1980, el índice de natalidad para mujeres mayores de 35 años ha subido casi un 60%. Mientras, el índice de natalidad para hombres mayores de 40 años ha subido casi un 30% (según la revista Reviews in Urology). 

 

Es decir que la tendencia de las últimas décadas es atrasar la decisión de tener un hijo hacia edades más avanzadas. Dicho cambio social y cultural, ha llevado a los científicos a plantearse la pregunta acerca de la existencia de riesgos.  

 

Comúnmente se sabe que para la mujer los peligros son mayores. De hecho, el éxito de embarazo a los 25% mientras que a los 40 cae al 5%. Los varones, por su parte, no pierden drásticamente la fertilidad.  

 

De todas formas, también hay ciertos riesgos por parte del lado masculino y la madurez espermática.  

 

Un estudio realizado en Suecia en 2014 demostró que papás mayores a 45 años son más propensos a tener hijos con esquizofrenia, autismo y otros trastornos de salud mental. Con todo, el riesgo absoluto era muy bajo y se situaba por debajo del 1% para ciertas condiciones. 

 

Previamente, en 2006 se publicó una investigación en Archives of General Psychiatry que encontró que los niños de varones mayores de 40 tenían un riesgo hasta seis veces mayor de recibir un diagnóstico de autismo, en comparación con los nacidos de varones menores de 30 años. 

 

Otros trastornos como el de déficit de atención con hiperactividad (TDAH) se ha vinculado a la mayor edad paterna. 

 

No obstante, en ninguno de los casos la asociación ha demostrado ser causal y los detalles todavía son desconocidos.  

 

 

Genes

La calidad espermática desmejorada de la tercera edad puede estar relacionada a otras enfermedades o problemas ligados a los genes. Tales son los casos del cáncer ocular llamado retinoblastoma, enanismo y pérdida de fertilidad de la descendencia.

 

Respecto a este último punto, una investigación de la Universidad de Göttingen (Alemania) analizó los datos poblacionales y biológicos de personas de tres países distintos y encontró que los hijos de padres mayores, a su vez, tienen menos hijos.  

 

La explicación está en la cantidad de mutaciones en el esperma, dado que estas se incrementan con la edad.    

No todo es negativo al optar por tener hijos en la tercera edad. Hay una teoría, no corroborada, que asegura que los telómeros más largos del esperma maduro representan mayor longevidad para la descendencia.  

 

 

El vínculo

En el debate abierto acerca de la paternidad más allá de los 80 no todo es cuestión de biología. También están involucrados los aspectos emocionales y vinculares entre padres e hijos.  

 

Por reglas de la naturaleza, el hijo pasará menos tiempo con su padre mayor. A su vez, deberá aprender a cuidar de él a más temprana edad. 

 

Paralelamente, es posible que con el paso del tiempo se pierda la tolerancia o la empatía generacional. Desde otra perspectiva, los años pueden representar un mejor desarrollo de la paciencia

 

Finalmente, tener hijos en la tercera edad puede significar una mejor estabilidad emocional y económica, a la vez que cuenta con más tiempo para compartir.  

 

12-03-2021 11:47

9 de marzo de 2021

5 alimentos que potencian su sistema inmunológico

 

ALERTA

ALIMENTARSE

INCORPÓRELOS

5 alimentos que potencian su sistema inmunológico

Lo que come puede ayudarlo a mantenerse saludable, en épocas donde es fundamental tener salud. La dieta es la base de todo y por eso es necesario que elija sabiamente qué pondrá en su plato.

Por URGENTE24

Kéfir: un alimento fundamental para potenciar el sistema inmunológico.

Las vitaminas y los suplementos son herramientas muy útiles para muchas personas que buscan apoyo para el sistema inmunológico durante la temporada de resfriados, gripe y más. Pero son solo eso: herramientas. No son una solución infalible para mantenerse saludable. La mejor manera de lograr ese objetivo y apoyar un sistema inmunológico fuerte es empacando su dieta con alimentos integrales y ricos en nutrientes.

Comer una dieta variada que incluya alimentos ricos en nutrientes que estimulan el sistema inmunológico, como vitaminas A, D, E, C, selenio, zinc y antioxidantes, combinados con un sueño y ejercicio adecuados puede ayudar a mantener a raya las enfermedades.

Los ácidos grasos omega-3 también se han asociado con beneficios para la salud inmunológica, según una revisión publicada en el International Journal of Molecular Science.

Huevos

Los huevos pueden ser uno de los alimentos más ricos en nutrientes que existen, lo que significa que contienen una gran cantidad de cosas buenas en solo unas pocas calorías. Tienen una variedad de micronutrientes que pueden ayudar a mantener un sistema inmunológico saludable, incluyendo la vitamina D, vitamina E, vitamina B12 y omega-3.

Por ejemplo, una revisión reciente en Neurology and Therapy resumió los datos que muestran que los niveles bajos de vitamina D pueden contribuir al riesgo de desarrollar la enfermedad autoinmune esclerosis múltiple y pueden empeorar la actividad de la enfermedad en pacientes con EM.

Morrón

El color es una señal de que los morrones son ricos en antioxidantes que combaten enfermedades. Los morrones no solo contienen poderosos antioxidantes como el betacaroteno, sino que también son una fuente increíble de vitamina C, incluso mejor que las naranjas.

Solo una taza de morrón picado contiene tres veces la ingesta diaria recomendada de vitamina C.

Ajo

El ajo contiene alicina, un antioxidante que puede ayudar a fortalecer su sistema inmunológico, según una investigación publicada en Food Science and Biotechnology.

Semillas de girasol

Las semillas de girasol son una manera fácil de fortalecer tu sistema inmunológico, gracias a su versatilidad. Como la mayoría de las semillas, son altas en grasas insaturadas, que pueden combatir la inflamación, y vitamina E, una de las más importantes cuando se trata de reparar las células dañadas.

Según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, los científicos están estudiando si la vitamina E, uno de los antioxidantes más poderosos, puede prevenir enfermedades crónicas que resultan del daño de los radicales libres en las células.

Kéfir

El kéfir está repleto de probióticos, que son tipos de bacterias y hongos buenos que viven en el tracto gastrointestinal. Estos desempeñan un papel muy importante en la salud inmunológica. Eso es porque gran parte del sistema inmunológico vive en el tracto gastrointestinal, según Johns Hopkins Medicine.

El consumo de alimentos ricos en probióticos, incluido el kéfir, ayuda a mantener un tracto gastrointestinal saludable, lo que, a su vez, promueve un sistema inmunológico robusto.

Si el kéfir no le gusta, otros alimentos fermentados llenos de probióticos pueden ser ciertos yogures (busque “cultivos vivos y activos” en la etiqueta), kombucha, chucrut y kimchi.