17 de abril de 2020

El día después



Marta Wolff- El Día después- cuarentena-

El día después es la gran incógnita. El encierro ha cambiado nuestros hábitos. La humanidad ya no se rige por los horarios a los que estaba acostumbrada. A pesar de ser racionales nos hemos movido por reflejos condicionados. El día de 24 hs. ya no lo es.

Nos levantamos tarde, lejos del habitual, porque nos acostamos también tarde. La televisión se ha convertido en el turismo que no podemos hacer, ver novelas sirven para meternos en la vida de otros, el celular ha ocupado el lugar del teléfono fijo que apenas suena, las teleconferencias han reemplazado a las famosas reuniones de ejecutivos, el zoom nos permite ver a familiares y amigos para charlar, al diario lo vemos por internet, las compras se hacen a distancia prudencial, a los vecinos los vemos en los balcones para cantar y aplaudir, limpiamos sobre lo limpio, cocinamos inventando menús, escuchamos otras voces y opiniones por radio, descansamos como si estuviéramos cansados, caminamos los metros de la casa como si fuera un cinta, hacemos gimnasia por videos, tomamos clases virtuales, los estudiantes van al colegio a través de una pantalla, si fallece un pariente o un amigo el duelo es por medio de un pésame, si hay niños hay que inventar entretenerlos, si hay amores amarse de memoria, si hay deudas seguirán siendo….e infinidad de cotidianas costumbres y obligaciones que día a día nos han convertido en seres que viven una nueva rutina impensada.

Y es a esa rutina a la que le debemos tener miedo porque nos hemos transformado en seres neutrales. Nuestro comportamiento es el de otra persona desde hace un mes. Los hombres pasaron a ser los esposos de sus esposas con las que conviven como nunca lo hicieron, las madres atendiendo a sus hijos sin tregua de estudio y actividades, la cocina es una usina de alimentación, el lavarropa funciona a pleno, los artículos de limpieza son el perfume de una primavera fuera de temporada, las salidas de cada uno pasaron a ser la permanencia en el hogar, las ventanas a ser el contacto con el afuera, los animales extrañan la vuelta al perro, el trabajo por mail o por comunicación una tarea en pijama, las mujeres con servicio doméstico son las amas de casa, la coquetería para conservar la feminidad las ha hecho manicuras, pedicuras y peluqueras y a los hombres en técnicos, ayudante de cocina y con las tareas con los deberes escolares de los hijos, las abuelas ausentes son una voz en el whatsaap o en el teléfono y el resto es un mundo en el que recién cuando llega al noche y se ven las luces prendidas de los edificios, cuando no se escucha el tráfico, cuando ni un alma se hace presente tocando el timbre….nos damos cuenta que al volver al rutina por los reflejos condicionados que hemos adquirido por el coronavirus nos va costar despegar por haber disfrutado a uno mismo poniéndolo a prueba, del hogar, de los seres queridos, de los valores invalorados por tanto auto contacto y con los demás como nunca. Tengo miedo del día después

2 de abril de 2020

Atención Integral para Adultos Mayores sin cargo

El área de Ciencias del Envejecimiento de nuestra Universidad brinda un servicio solidario y gratuito para
atención, escucha, acompañamiento y orientación a las personas mayores y/o sus familiares ante las
circunstancias excepcionales que nos toca vivir con motivo del COVID-19. Ofrece asistencia psicológica,
consejos en relación a cómo ocupar el tiempo libre en el hogar con actividades creativas y reconfortantes;
recomendaciones sobre alimentación sana y salud en general; y orientación ante conflictos familiares o
cuestiones de comunicación intergeneracional.
Este servicio lo lleva adelante un grupo de profesionales (médicos, psicólogos, nutricionistas, terapistas
ocupacionales y gerontólogos) con amplia experiencia en el acompañamiento integral de adultos mayores y
una profunda vocación solidaria.
Los interesados deben escribirnos a mayoresactivos@maimonides.edu dejando los siguientes datos:
Nombre y Apellido, teléfono fijo, teléfono móvil, correo electrónico y Skype en caso de tenerlo.
#SomosResponsables #UMAI

Coronavirus ¿Una oportunidad para conocer más sobre los adultos mayores?



La psicogerontóloga Graciela Zarebski indicó que si bien este grupo es más vulnerable desde lo biológico, tienen más riqueza emocional. ¿Cómo nos ayudamos mientras los ayudamos?
Por Celina Abud
Ambito.com
Los adultos mayores de 60 años con enfermedades de base como diabetes, hipertensión arterial, problemas cardíacos o respiratorios – entre otras comorbilidades – constituye la población más frágil frente al nuevo coronavirus SARS-CoV2, causante de la enfermedad Covid-19, por lo que la secretaria de Acceso a la Salud Carla Vizzotti refuerza siempre la recomendación de que “se queden en sus casas y que extremen las medidas de distanciamiento social y de higiene de manos”. A la vez, recordó que el contacto de este grupo “con alguien joven, aunque tenga una infección leve o ni siquiera sepa que está infectado, puede ser determinante para infectarse y tener una complicación”.
A esto se suma que si esta población está sobreinformada, puede sufrir angustia además de cruzarse con mensajes negativos como el que emitió este martes el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, quien dijo que él mismo y otras personas mayores estarían dispuestas a morir para que la economía estadounidense continúe. Y remarcó: “aquellos de nosotros que tenemos más de 70 años, nos ocuparemos de nosotros mismos, pero no hay que sacrificar el país”.
Más difícil la tienen aún los adultos mayores que viven lejos de sus hijos que, al sentir más la soledad, pudieran llegar a salir más de lo estrictamente necesario.
Pero más allá de las vulnerabilidades propias de la edad o las comunes a las que todos vivimos estos tiemposde pandemia, podemos aprender de las experiencias de nuestros padres y abuelos y así ayudarnos a enfrentar esta coyuntura a la par que los ayudamos a ellos. Así lo plantea la psicogerontóloga Graciela Zarebski, vicedecana de la Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y Empresariales de la Universidad Maimónides, quien sostiene que “aislarnos físicamente para ser menos porosos hacia invasores invisibles puede ser una oportunidad para hacernos más permeables hacia nuestra interioridad y hacia nuevos estímulos, aprovechando la virtualidad que supimos conquistar”. Algo en línea con lo sostenido por el director general de la OMS, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien dijo: “Distancia física no quiere decir distancia social: tenemos que chequear regularmente cómo están nuestros ancianos, amigos, vecinos y parientes que viven solos para que sepan cuánto son apreciados y cuánto los amamos»,
Para la experta, los jóvenes deben escuchar a sus mayores más que nunca en este contexto, porque “si bien este grupo es ser más vulnerable biológicamente, eso está compensado con una gran riqueza de vida, ya que superaron adversidades y tienen más reserva emocional”, sostuvo Zarebski, siempre que se hable de personas autónomas.
“No salir más allá de lo imprescindible puede ser para muchos una fuente de ansiedad, no sólo por el miedo a la enfermedad, sino también al cambio que implica detenerse en la vorágine habitual, hacer un giro en la comunicación para mirarnos, hablar y conectarnos con lo mejor de lo humano. Quienes ya se han jubilado de algunas exigencias cotidianas, están acostumbrados a hacerlo. Las personas mayores, en gran parte ya lo saben porque el mismo curso de la vida se encargó de hacérselos saber. Y entonces ejercen el autocuidado, se recluyen, y adoptan nuevos hábitos, se conectan, puertas adentro, con intereses postergados. Una buena oportunidad para preguntarse: ¿Qué estaba relegando en mi vida?”.
A la vez, la experta señala que por la pandemia del coronavirus, todas las personas se ven obligadas a “a revisar más a los mayores, lo cual lleva también a revisar las falencias de nuestros sistemas de salud para no tener que descartarlos, eligiendo para ellos la muerte”. En un contexto como este, Zarebski destacó que puede aparecer lo mejor y lo peor de cada individuo y un ejemplo perfecto son los dichos del vicegobernador texano, Dan Patrick quien insinuó que esta población debería dejarse morir en pos de la economía.
“Por supuesto que aparecen mensajes de este tipo. Se está viendo también mucho el prejuicio hacia la gente mayor, incluso el rechazo, el dejarlos afuera del sistema. Es terrible que una sociedad tenga que descartar a sus mayores, y esta es una reflexión que tendrían que hacer los sistemas de salud de todo el mundo en cuanto a estar preparado y no tener que descartar de la vida a esta población”, indicó la experta, algo que que recuerda situaciones como las Italia donde, ante la falta de respiradores, debían elegir a quién salvar.
Recomendaciones en casos particulares
Una situación difícil en tiempos de aislamiento social preventivo obligatorio es la de los padres que viven en una ciudad diferente a la de sus hijos y nietos. Porque si bien se sugiere mantener una distancia física, saberse a kilómetros de distancia puede llevar a los adultos mayores a sentir la soledad de manera más profunda, e incluso salir más de lo estrictamente necesario. “Cuando estos son los sentimientos de los padres y abuelos que están lejos, se les recomienda a los hijos llamarles la atención sobre la necesidad de cumplir con las medidas del gobierno, advertir de los riesgos de contacto”, señaló la psicogerontóloga.
“Pero hoy la gran mayoría de esta población está conectada por redes. Entonces se debe incentivar a que se conecten o que usen el teléfono para hablar con sus amigos, o bien que busquen actividades nuevas que no tenían oportunidad de hacer antes dentro de la casa, como leer libros que fueron postergados, o realizar una tarea creativa”, agregó Zarebski. A la vez, destacó que en la actualidad se están dando redes de vecinos que llaman a la gente mayor del edificio para preguntarles si necesitan algo.
Es cierto además que el aislamiento puede poner en juego nuestra salud mental a cualquier edad y que se detectan casos de depresión. En ese sentido, la experta recomienda que los hijos investiguen qué servicios brindan atención psicológica para casos especiales, entre ellos el que ofrece el área de geriatría de la carrera de Psicología de la Universidad Maimónides.
Por último sugiere que este grupo etario regule los horarios en los que ven noticias para no estar sobreinformados y que en su lugar opten por actividades culturales que pueden realizarse online, entre ellas recorridas a museos como la que por ejemplo realiza Google Arts o en la página de la universidad para la que trabaja, entre otros sitios.
https://www.ambito.com/informacion-general/coronavirus/coronavirus-una-oportunidad-conocer-mas-los-adultos-mayores-n5091315

La pobreza espiritual de una sociedad que minimiza la muerte de sus ancianos


La pobreza espiritual de una sociedad que minimiza la muerte de sus ancianos

En tiempos de pánico parece que todo vale con tal de exorcizar el miedo. Uno de los mantras que algunos gobiernos (desalmados) y medios de comunicación (desinformados) han repetido bajo diferentes fórmulas – algunas a nivel subliminal – para intentar calmar a la población cuando el virus aún no estaba muy difundido es: ¡no os preocupéis, este coronavirus solo mata a los ancianos!
Jennifer Delgado
Yahoo Vida y Estilo
13 de marzo de 2020
Pero ese “solo” duele en el alma. Duele a quienes tienen ancianos a su lado y a quienes les queda un mínimo de sensibilidad. Porque la grandeza de una sociedad se mide por la manera en que trata a sus mayores. Y una sociedad que convierte a sus ancianos en piezas prescindibles ha perdido todos sus puntos cardinales.
En las culturas “primitivas” las personas más ancianas gozaban de una consideración especial porque se les consideraba reservorios de una gran sabiduría y conocimiento. El declive comenzó en la Grecia antigua y desde entonces no ha hecho sino empeorar, sufriendo en las últimas décadas una auténtica caída libre. El culto al cuerpo impulsado en aquel momento ha proseguido su curso inexorablemente. Pero una sociedad que venera el cuerpo es incapaz de ver más allá de las apariencias.
Una sociedad que venera lo superficial se condena a sí misma a la decadencia del alma. Esa sociedad empuja cada vez a más personas a preocuparse – y espantarse – por sus arrugas, lanzándolas en los brazos del floreciente negocio de la cirugía estética.
Esas personas en realidad no huyen de sus arrugas sino de lo que significan. Porque comprenden, en lo más recóndito de su ser, que esas arrugas son el inicio de una condena al ostracismo. Y si hay algo peor que verse las arrugas al espejo, es saber que ya no cuentas porque durante toda la vida has recibido los mensajes sutiles – y otras veces no tan sutiles – de que los ancianos poco importan.
La sociedad que minimiza la muerte de los ancianos se ha olvidado que ha sido construida por esos ancianos, esos que hoy se han convertido en un número que miramos con cierto estupor y desde la distancia, sintiéndonos falsamente seguros de que no nos va a tocar a nosotros. Fueron esos ancianos los que lucharon por muchas de las libertades que hoy disfrutamos. Los que recogieron los pedazos desechos de muchas familias durante la crisis y los que hoy están cuidando a sus nietos – aunque ello puede significar una condena mortal – porque les han suspendido las clases.
Por eso, aunque sea ley de vida que las personas mayores nos abandonen primero, no puedo sino estremecerme por esos ancianos a los que nadie tiene en cuenta. Por mis ancianos. Y también por mí misma. Porque a la vejez llegamos todos, incluidos esos que hoy presumen de juventud y sacan músculo de inmunidad. Y si bien es cierto que la muerte de niños y jóvenes conmueve, eso no nos da derecho a minimizar la pérdida de quienes han vivido más. Cada vida cuenta. Olvidarnos de ello nos insensibiliza y acerca peligrosamente a la sociedad distópica que dibujó Lois Lowry.
Por eso, no puedo evitar estremecerme al pensar que vivo en una sociedad a la que parece importarle más las consignas y la economía que las vidas. En una sociedad donde el progreso se mide en términos de PIB y tecnología en vez de hablar de bienestar y salud para todos y cada uno de sus miembros.
Por eso también me resulta escalofriante la tranquilidad con la cual se dice que el coronavirus “solo” afecta seriamente a los ancianos – una verdad a medias ya que también mueren personas jóvenes y saludables, como indicó el mayor estudio realizado hasta el momento – y a personas con patologías previas, aunque bajo el paraguas de “patologías previas” no se esconden enfermedades terribles sino problemas tan comunes como la hipertensión y la diabetes – como reconoció el propio Ministerio de Sanidad. Y en España, 16,5 millones de personas padecen hipertensión, según la Sociedad Española de Cardiología y 5,3 millones tienen diabetes, según la Fundación para la Diabetes. Y todos no son ancianos.
https://es-us.vida-estilo.yahoo.com/coronavirus-poblacion-riesgo-abuelos-adultos-mayores-ancianos-205521335.html

28 de marzo de 2020

Del diccionario y de la vida

Buenos Aires, Argentina
viernes 27.03.2020
  
 U24
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DÍAS DE PANDEMIA

Del diccionario y de la vida

En su "Momento Extraordinario de Oración en Tiempos de Epidemia", el papa Francisco deslizó un par de conceptos que aquí se recuerdan: "La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Y "Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos." En este contexto vale la pena leer con atención esta nota que Norma Cabada escribió en la web Tercer Ángel:


camilla covid 19
«Padre, decidme qué le han hecho al río que ya no canta.
Resbala como un barbo muerto, bajo un palmo de espuma blanca.
Padre, que el río ya no es el río.
Padre, antes de que llegue el verano, esconded todo lo que esté vivo.

Padre, decidme qué le han hecho al bosque que ya no hay árboles.
En invierno no tendremos fuego, ni en verano sitio donde resguardarnos.
Padre, que el bosque ya no es el bosque. Padre, antes de que oscurezca
llenad de vida la despensa.

Sin leña y sin peces, padre, tendremos que quemar la barca,
labrar el trigo entre las ruinas, padre, y cerrar con tres cerrojos la casa
y decía usted… Padre, si no hay pinos, no habrá piñones, ni gusanos, ni pájaros.
Padre, donde no hay flores, no se dan las abejas, ni la cera, ni la miel.

Padre, que el campo ya no es el campo. Padre, mañana del cielo lloverá sangre.
El viento lo canta llorando. Padre, ya están aquí… Monstruos de carne
con gusanos de hierro. Padre, no, no tengáis miedo, y decid que no, que yo os espero.

Padre, que están matando la tierra.
Padre, dejad ya de llorar, que nos han declarado la guerra.
«
Joan Manuel Serrat,
poeta español contemporáneo.
 
POR NORMA CABADA

CIUDAD DE BUENOS AIRES (TercerAngel). Buscando en el universo infinito de las letras, definiciones con las cuales verbalizar la realidad, me encontré con la sorpresa de que, frecuentemente, solemos caer en la trampa de enunciar nuestras vivencias utilizando palabras, cuyas raíces designan lo opuesto a aquello a lo que queremos hacer referencia; así por ejemplo, cuando aludimos a la convocatoria global, proclamada en estos últimos tiempos, al aislamiento social preventivo –entendido como una restricción imperativa de todo encuentro social y gregario – solemos asociarlo a la aparición de una “pandemia”, del griego πανδημία «Pandēmía», “reunión del pueblo”, palabra que se deriva en el sintagma “epidemia”, del latín «Epidemia«, y éste del griego, “ἐπιδημία” “epidēmía”; propiamente “estancia en una población”.
Tal como puede apreciarse, ambas acepciones presentan una relación inversamente proporcional con aquello que desatan, entendiéndose que toda palabra crea aquello que designa (Del lat. Designāre, es decir «diseño, creación«), debemos reconocer, al menos, que genera cierta perplejidad.
Discurriendo en estas cuestiones, y producto del aislamiento, me atreví, por pura rebeldía o por desvelo, a repensar a la sociedad en tanto predicativo por antonomasia. No resultó esfuerzo alguno; la sociedad que enuncia comunidad, pocas cosas tiene en común; el leguaje, por ende, no podía quedar fuera de tal dicotomía; la humanidad, legataria del don infinito de poner en palabras lo que siente, aquello que le duele, ama, desea, detesta o aspira, ha ejercido por siglos la tarea de abortar con sus actos, aquello que con su boca, gesto, pluma y silencio enuncia.
Quienes somos no concuerda con quienes decimos que somos; lo que pensamos no se refleja en lo que hacemos; lo que callamos es a menudo lo que gestualmente gritamos…
Se le adjudica a Albert Camus, filósofo nunca más evocado y citado que en estas latitudes y en estos tiempos, una premisa universal, corolario de la esencia humana: “Lo peor de la peste –dicen que él dice- no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas, y ese espectáculo suele ser horroroso”.
Háyalo escrito, o no, tristemente, la Historia lo confirma.
Desandando las huellas de la humanidad en el terreno fértil de la duda, encuentro que hay coincidencia plena en el obrar humano ante ciertos hitos: toda teogonía, toda cosmogonía y toda antropogonía, acuñadas por las diferentes etnias, en diferentes tiempos y en espacios diversos, relatan un quiebre, un escenario en virtud del cual la cualidad sui géneris del accionar humano se torna universal: la peste.
«Peste«, del lat. «Pestis», presenta en el Diccionario de la Real Academia Española, nueve entradas:
  1. f. Enfermedad contagiosa y grave que causa gran mortandad.
  2. f. Enfermedad, aunque no sea contagiosa, que causa gran mortandad.
  3. f. Mal olor.
  4. f. Cosa mala o de mala calidad en su línea.
  5. f. Cosa que puede ocasionar daño grave.
  6. f. Corrupción de las costumbres y desórdenes de los vicios, por la ruina que ocasionan.
  7. f. Coloquial. Excesiva abundancia de cosas en cualquier línea.
  8. f. Germanismo. Dado de jugar.
  9. f. Plural. Palabras de enojo o amenaza y execración. Echar pestes.
Como sabemos, cada entrada del diccionario, se cifra numéricamente conforme a la mayor cercanía con su definición en sentido estricto, luego se extiende al sentido amplio, por extensión, por asimilación, connotación, etc. No obstante, y en ajuste al contexto del COVID-19, al menos en este caso, cada una de las entradas guarda estrecha relación con sus inmediatas anteriores y posteriores, componiendo una trama, cuya urdimbre la humanidad ha ido tejiendo desde su génesis, a voluntad.
He aquí una de las múltiples formas de desovillar la madeja, aleatoriamente por esta vez.
Les invito hagan la propia. Aquí va la mía.
"Se echó a volar el dado de hacer la historia, entonces, de la multiplicidad de formas de comunicación asequibles, la humanidad eligió el maldecir –decir mal-, en lugar del bendecir –decir bien – acerca de las vidas y de sus portadores.
Los seres más dotados de la Creación, lanzaron contra todo lo que respira y contra su hábitat continente, palabras de enojo y execración, echaron, echamos pestes, debemos incluirnos. Creamos en la misma medida en que nombramos, una excesiva abundancia de polución semiológica y semántica negativa: palabras, gestos, actos y silencios con carga emotiva sombría, falaz, tanática. Abrimos la puerta de la miserabilidad. La moral de la humanidad olvidó ajustarse su máscara de piedad y de amor al semejante; esa con la que solía salir a escena y se vistió de esa cosa mala, o de mala calidad en su línea, se maquilló de impiedad, de individualismo, de egoísmo y de otras malas yerbas.
El escenario de la vida puso en cartel tantas veces aquel drama, que su existencia se naturalizó. Cada uno podía verse reflejado en aquel espejo del desprecio por el otro y por el ambiente…
La humanidad comenzó a heder. No se trataba solo de cuestiones de los sudores, ni de los humores; el aire que se respiraba olía mal: mal olor en las palabras, mal olor en las conductas; mal olor en la ciencia del individualismo, de la egolatría, del culto a la imagen vacía de contenido.
Tan natural se tornó el ejercicio de la impiedad, que nadie lo había notado, hasta que la naturaleza reaccionó, se manifestó y mandó a los pobladores del mundo a auto confinarse. El universo convocó a Estado de Sitio, ejerciendo una monarquía, que algunos hasta entienden como teocrática, porque porta el poder en su linaje.
Los científicos le pusieron nombre. Aquel engendro que el desprecio por la alteridad había ido diseñando a través de los siglos, comenzó a llamarse COVID-19, una peste de origen ético, que se retroalimenta merced al desamor, y a la negligencia, y a la indiferencia, y que se propaga, sin acepción de persona, causando gran mortandad, curiosamente, entre quienes ya estábamos muertos en el paradigma del sálvese quien pueda."

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27 de marzo de 2020

Cuarentena total y tercera edad

Cuarentena total y tercera edad: cómo impacta el encierro en la gente mayor

Tras el anuncio que busca evitar que el virus se propague, son muchas las personas que deben adaptarse a este cambio. De qué manera la gente mayor, a pesar de ser más sedentaria, puede sufrir tanto física como psicológicamente esta medida
Es importante estar atentos a las personas de la tercera edad que están solos durante esta pandemia (Shutterstock)
Es importante estar atentos a las personas de la tercera edad que están solos durante esta pandemia (Shutterstock)
La pandemia del coronavirus está poniendo en jaque a la humanidad. Con el paso de los días y tras el anuncio de la cuarentena obligatoria en Argentina y en otros países como Italia o España, el confinamiento lleva a un cambio de hábitos que pueden provocar un malestar tanto físico como psicológico.

El mensaje fue claro: toda la población debe permanecer en sus casas. Si bien hay excepciones, hay una porción de la población a la que la cuarentena obligatoria puede afectar más que a otros: los ancianos.
“El hecho de estar en confinamiento es un cambio importante para los individuos, ni hablar para los abuelos. La tercera edad es una población más vulnerable, por eso es vital que se tomen medidas prontas en cuanto a la estimulación de las mismas para que no los afecte e impacte negativamente en sus vidas”, dijo a Infobae Pablo Bagnati, médico psiquiatra (MN 63538) del servicio de neurología del Fleni.

El especialista explicó que la generación que hoy transita la tercera edad suele tener una actitud “espartana” para resistirse a ciertos cambios pero que también puede desarrollar conductas de aislamiento que se amplifican demasiado por el confinamiento obligatorio, lo que puede llegar a ser peligroso. “Por suerte hoy contamos con tecnologías que permiten una mayor conexión social que se encuentran al alcance de la mano y posibilitan un acercamiento a esa persona en todo momento”, explicó Bagnati.

En este contexto, el profesional recomendó promover conductas resilientes como retomar lecturas postergadas, terminar una serie o simplemente reponer fuerzas en el sillón y así estimular lo conductual. “Es importante ser cautelosos con la sobreinformación, ya que tantas noticias como cantidad de muertos, infectados y demás cuestiones relacionadas que sobrepasan los límites necesarios y ponen a la persona en un estado de alerta continuo desgastando el bienestar psíquico”, apuntó el profesional.

El hecho del confinamiento es similar a vivir un duelo, ya que aunque sea algo transitorio, de acuerdo al profesional, las personas atraviesan un proceso similar: “En la primera etapa se enojan y hasta pueden tener ira. En la segunda pueden pasar por un poco de depresión y finalmente se supera cuando se empieza a valor más lo que tiene a su alrededor de lo que el encierro le privó”.

En cuanto a los hábitos a los que “invita” la cuarentena, el especialista también apuntó a los hábitos sedentarios y que es importante evitarlos a toda costa: “El encierro nos lleva a abandonar en muchos casos los buenos hábitos alimenticios, el ejercicio físico y también mental por eso es importante no perder el equilibrio y tener en cuenta que la cuarentena es un factor sostenido en el tiempo y hay que volver de a poco a la rutina”
.
“Es importante que el entorno de la persona mayor tenga un mensaje positivo para darle a ese abuelo o abuela, no sobreinformarlos ni tener una actitud alarmista sobre el tema. Por otro lado, siempre recomendar que si la persona está con algún síntoma, la cuarentena no significa no concurrir al médico, estar muy atentos”, enfatizó el profesional.

A pesar de que la tercera edad es una población más estoíca y acostumbrada a estar solos o a pasar más tiempo con menos estímulos, es una población de riesgo a la que, según el especialista, debemos estar atentos ya que el peligro está en que tienden a aislarse, a ser sedentarios por eso es vital el rol del entorno para con esto

25 de marzo de 2020

El verdadero peligro es la autocomplacencia, no el pánico

El verdadero peligro es la autocomplacencia, no el pánico

Por Benedict Carey

El panorama de los estantes vacíos en los supermercados (una imagen que se está compartiendo mucho en las redes sociales) aunado al temor de una amenaza invisible es la receta perfecta para desatar la histeria colectiva. Pero, hasta ahora, a pesar de los mensajes contradictorios de los funcionarios gubernamentales, la escasez de pruebas para detectar la enfermedad y la falta de recursos en los hospitales, existe poca evidencia de que se haya desatado un pánico generalizado.
De hecho, las investigaciones sobre la toma de decisiones bajo amenaza sugieren que las preocupaciones de un inminente pánico de masas están muy fuera de lugar, de acuerdo con Ido Erev, profesor de Ciencia Conductual y Administración del Instituto de Tecnología de Israel Technion en Haifa, Israel. Erev es el presidente de European Association for Decision Making. La siguiente conversación ha sido ligeramente editada con fines de claridad.

En situaciones de amenaza, ¿cuándo se convierte en pánico la precaución?

Lo que encontramos es que hay grandes diferencias entre los individuos en cuanto a cómo responden a amenazas como esta. Todos tienden a reaccionar de forma exagerada al principio. Pero luego, un poco de experiencia invierte esa sensación en la mayoría de las personas y empiezan a creer que “no me pasará a mí”.
Una minoría de personas, entre el 10 y el 30 por ciento, dependiendo de la situación, sigue sobrestimando el riesgo y se comporta de forma más histérica o reacciona de manera exagerada. Estas son las personas principalmente responsables de la oleada de compras de papel higiénico y las que vacían las estanterías. Esto es un problema, por supuesto, porque puede provocar el mismo tipo de comportamiento en otros. Pero lo importante es que se trata de una minoría. La mayoría de la gente tiene el problema opuesto.

¿Entonces el efecto general es que haya más autocomplacencia que pánico?

Sí. Volví a Israel después de un año sabático en Estados Unidos durante la segunda intifada, en 2002. Los funcionarios decían que era extremadamente peligroso estar en cafeterías, y mi esposa y yo compramos una cafetera de lujo y nos quedamos en casa. Durante unos días, las cafeterías estuvieron casi vacías, y los turistas ciertamente dejaron de venir. Pero los habitantes volvieron a salir y pronto los lugares se llenaron nuevamente. Sabíamos que todavía era peligroso, solo que con el tiempo empezamos a infravalorar el riesgo.
Es probable que ocurra lo mismo con el coronavirus. La gente se aislará por un tiempo y luego, cuando no pase nada, cuando no se enfermen, comenzarán a salir de nuevo y tomarán más riesgos de los que habían planeado.
Este tipo de comportamiento se ve en una amplia variedad de experimentos. Puedes dar a la gente la posibilidad de elegir entre dos opciones poco atractivas en un juego repetido: perder con toda seguridad una sola moneda o un 5 por ciento de probabilidad de perder veinte monedas. La mayoría de las personas prefiere la opción segura en los primeros cinco intentos, pero luego cambian su preferencia por la opción más arriesgada y la eligen alrededor del 65 por ciento de las veces. Puedes ajustar los riesgos relativos de las opciones, introducir incertidumbres y otros factores del mismo estilo, pero se va a ver un patrón similar.
La investigación sugiere, en efecto, que si dejas que las personas decidan por sí mismas cómo reaccionar, obtendrás dos tendencias problemáticas: una mayoría tomando progresivamente más riesgos con el tiempo y una pequeña minoría exhibiendo conductas de pánico, como almacenar provisiones
.
¿Hay estrategias eficaces para retardar o reducir los efectos de esas tendencias?

Ser consciente de ellas es útil, creo. Es probable que la mayoría de nosotros subestimemos el riesgo en las próximas semanas.
Para los líderes, mi investigación destaca el valor de hacer cumplir las reglas, por ejemplo, con la imposición de pequeñas multas a las personas que las violen. Aunque este tipo de políticas puede violar los derechos civiles, creo que, en el contexto del coronavirus, el beneficio es mucho mayor que el costo. Yo llamo a esto una imposición gentil de reglas: aplicación firme, pequeñas multas. Lo hemos visto funcionar, por ejemplo, en la mejora del cumplimiento de las medidas de seguridad entre los trabajadores de las fábricas. Creo que el mismo tipo de enfoque es inteligente para los países y estados que están considerando políticas para que la gente se quede en casa.