2 de marzo de 2020

¿Se puede vencer a la muerte ?

¿Se puede vencer a la muerte?

El juez de la Corte Horacio Rosatti escribió un ensayo que indaga en distintas formas de morir, la inmortalidad, la vejez y el deseo de trascender.
Andrés Gil Domínguez
12/02/2020
Clarín.com
Revista Ñ
A lo largo de la historia de la humanidad, innumerables hombres y mujeres han soñado y perseguido poder vencer a la muerte. Estos deseos fueron acogidos por la literatura, el arte, el cine, los cómics y actualmente cada vez con mayor intensidad por los envíos de las plataformas digitales en variados formatos intentando anticipar distintos escenarios y conflictos. Condenado a morir desde el instante del nacimiento vencer a la muerte podría ser un pase a la eterna felicidad o a una condena imposible de revertir. Es que ser inmune a la muerte en un mundo de mortales puede llegar a ser traumático para la existencia del inmortal que observa como el paso del tiempo se devora los afectos. En la película Highlander, el último inmortal uno de los momentos más logrados es cuando ante la pérdida de la esposa del protagonista inmortal suena la voz potente y sensible de Freddie Mercury diciendo “Who wants to live forever” (quien quiere vivir para siempre). Otro punto de vista lo aportó José Saramago con su magnífico libro Las intermitencias de la muerte donde narra las consecuencias distópicas que genera en una sociedad que la muerte no quiera matar a ninguna persona más.
En relación al triunfo sobre la muerte vale la pena aclarar que existen dos modalidades victoriosas. El inmortal que bajo ninguna circunstancia puede morir tal como fue representado por ese notable comic que fue Gilgamesh, el inmortal protagonizado por un rey sumerio que alcanza la inmortalidad otorgada por seres de otros planetas. El amortal que puede vivir eternamente pero que bajo circunstancias puede fallecer tal como sucedía con Highlander si era decapitado por otro inmortal o con Drácula si era expuesto al sol o se le clavaba una estaca en su corazón.
En nuestra realidad la principal causa de muerte en el planeta es el envejecimiento y las enfermedades relacionadas con el envejecimiento que conducen a la muerte. No hay ningún principio científico en biología, química o física que prohíba el rejuvenecimiento e imponga la necesidad de la muerte. Por dicho motivo, a partir del desarrollo científico se plantea como una alternativa posible la longevidad indefinida o la muerte de la muerte mediante tratamientos biotecnológicos para el rejuvenecimiento humano que se comercializarán en la década de 2020, a los que seguirán en 2030 los tratamientos nanotecnológicos hasta llegar a controlar y revertir el envejecimiento en 2045.
En este contexto es que Horacio Rosatti se propone desarrollar un ensayo sobre la muerte considerada como hecho biológico y como institución tomando como un dato concreto que los avances de ciencia aplicada a la medicina extendió el promedio de vida y que los actuales avances de la biotecnología y la inteligencia artificial podría garantizar una existencia digital como plantean varios capítulos de las distintas temporadas de la serie Black Mirror. El recorrido que realiza Rosatti se sostiene en una trinidad de elementos: cuerpo, muerte, inmortalidad. En el epílogo es donde se puede observar con claridad la postura ética de Horacio sobre el desarrollo tecnológico que sobrevuela un cierto escepticismo sobre las bondades del futuro en relación al homo sapiens.
El cuerpo ha dejado de ser cárcel y está en pleno proceso de deconstrucción. No solo ha dejado de ser la cárcel del alma sino que la utilización pre o post morten de varias de sus partes lo ha revalorizado, pero a la vez, ha puesto en escena que es posible no necesitar del cuerpo para existir o estar renovándolo permanentemente para no morir en aquello que Kurzweil denomina la “velocidad de escape de la longevidad” (esto es que uno pueda mantenerse vivo el tiempo suficiente para alcanzar la próxima innovación para alargar la vida). En este primer elemento, Rosatti realiza una conexión entre cuerpo y el ingenio a través de la broma como goce de la consumación del mal invocado a la figura clásica del Joker emergente del cómic; seguramente una vez que Horacio disfrute de esa obra de arte cinematográfica que es “Joker” de Todd Phillips con una actuación eterna de Joaquin Phoenix tendrá una nueva mirada sobre el Guasón, la risa, el cuerpo, la perversión social y el rol del derecho frente a los más débiles para evitar que se trasformen en psicópatas asesinos.
¿Cuando se muere? Morir o estar muerto, esto es la cuestión en torno a la finitud. Justamente los avances tecnológicos también han puesto en vilo el concepto mismo de la muerte. Tal como lo explica Rosatti hemos pasado de una muerte a varias formas posibles de muerte artificiales tales como la muerte civil, política y social, aunque la obsesión humana se oriente hacías “formas de alargamiento artificial” de la vida para no morir.
Rosatti conecta la inmortalidad con el vampirismo en las versiones de Drácula y Nosferatu. Pareciera que el autor planteara el acceso a la inmortalidad como un estigma que sufren quienes la alcanzan y no como una suerte de lógica evolutiva del homo sapiens. Por eso es que muestra una gran preocupación por la eventual existencia de una longevidad cognitiva y una decrepitud física.
En el tramo final de la obra, Rosatti se interroga si es lógico analizar un mundo tan difícil de imaginar con las premisas del mundo viejo, pero a la vez, esboza una ácida crítica sobre los cimientos del mundo por venir que ya existen hoy. La comunidad digital es descripta como un “aturdimiento virtual que no otorga la ilusión de sumar amistades nuevas todos los días…” y la pareja “se encuentra y se abandona por internet”. El libro habla sobre la finitud del homo sapiens con un cierto grado de escepticismo respecto del desarrollo científico y tecnológico y su impacto en el nuevo homo que vendrá. Allí reside su valor para los escépticos, para los optimistas y para los indiferentes de que en un tiempo no muy lejano, la muerte como la conocemos será algo superado y nuevos debates, desafíos y construcciones sociales se producirán.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/-puede-vencer-muerte-_0_C1j8Y4Eh.html

Los hijos

Los hijos. Nada tan nuestro como ellos, y nada menos nuestro

Nada tan nuestro. Nada menos nuestro. Nada más desconcertante, puesto que nunca termina de pertenecernos lo que nunca deja ser nuestro: los hijos, nuestros hijos.
¿Qué significamos para ellos? ¿Qué lugar ocupamos nosotros, sus padres, en sus vidas? Al menos en parte, la respuesta proviene del pasado. Preguntémonos por el destino de nuestros padres en nosotros. Si la respuesta no es idéntica, es muy posible que sea similar.
Santiago Kovadloff
LA NACION
29 de febrero de 2020
Solo si se diferencian de nosotros podrán nuestros hijos, un día, advertir cuánto nos parecemos. Sus propios hijos serán los promotores involuntarios de ese reencuentro al echar abajo la presunción, infaltable en la juventud, de que uno, como padre o madre, escapa a la siembra de ese desencanto en su descendencia. Ellos, nuestros nietos, se encargarán de situarlos ante ese espejo incómodo donde al mirarse nos volverán a encontrar.
Pero también es cierto que, cada tanto y valiéndome ahora de la primera persona del singular, al verme reflejado en el espejo sorprendo en los míos los queridos rasgos de mi padre: sus ojos en mis ojos, su sonrisa en mi sonrisa. Y lo siento vivir en todo mi cuerpo. Descubro en mi piel su propia piel; en mis manos, sus manos. En algunas de mis ansiedades, ansiedades suyas. Y saber que de algún modo lo perpetúo impide que los años me lo arrebaten del todo.
A mi madre, en cambio, me la devuelven el apego a ciertos hábitos que fueron suyos: la cocina como sitio dilecto de mis tardes de café y lectura. La soledad serena y prolongada. El amor a las mañanas. No el color de su piel, que fue tan blanca; sí, su cabello casi tenue, que me recuerda el mío.
No comparto la antigua esperanza griega de que la muerte nos reunirá con quienes nos precedieron. Creo, en cambio, que el tiempo y los sueños reconfiguran, como huellas en el alma, la presencia de quienes tanto fueron y ya no están.
Una vez asentada en su tonalidad definitiva, nuestra voz preanuncia lo que solo mucho más tarde se hará consciente. Que ella es también la voz de quienes nos precedieron, según seamos varones o mujeres.
Si se exceptúa a nuestros hijos, es difícil precisar por quiénes no vacilaríamos en dar la vida. Es que resulta intolerable la sola idea de que ellos puedan perder la suya antes que nosotros. La extinción de una de esas vidas termina de algún modo con la nuestra. Ella se habrá llevado siempre algo esencial de nosotros.
Quien bien nos mire, si hemos perdido un hijo, sabrá ver lo mucho que ya no somos en lo que aún podemos ser. Advertirá en nuestra cara el zarpazo de lo irremediable. Sabrá escuchar, incluso en quien se pronuncie con firmeza, un sollozo ahogado, una fragilidad insondable que no cesan y cuya versión más alta y honda, única y escalofriante, es el «Nunca.» del rey Lear, repetido cinco veces ante el cuerpo sin vida de su hija Cordelia.
Reconocimientos
No hay mejor reconocimiento al que podamos aspirar como padres que el sabernos persuadidos de que, llegado el día en que dejan nuestra casa, los hijos se encaminan hacia esa tarea sin término que consiste en construirse como personas. Aprenderán, al irse, que realizarse no equivale sino a navegar sin término hacia el horizonte inalcanzable de la identidad. Que no hay adónde llegar si lo que importa es lograrse.
La cronología, referida a los hijos cuando son más de uno, no propone nada de lo que importa: de poco vale decir este es el primero, aquel el segundo y ese el tercero. Cada uno de ellos es, siempre, un hijo inaugural. Renueva por entero la experiencia de dar vida. No hay repetición. No hay suma posible donde lo ocurrido es singular. Cada hijo es único en su significación. En la radicalidad irreproducible de su presencia. Inscribirlo íntimamente en un orden sucesivo es una frivolidad. Equivale a cifrar lo indescifrable.
Hay otras singularidades posibles. Con cada una de mis hijas me ganó, viéndolas nacer, la emoción extrema de reconocerme y desconocerme a la vez. La conmoción de recibirlas y sentirlas mías se veía duplicada por el misterio de la diferencia sexual que potenciaba su singularidad ante mí como varón.
En cambio, en mi hijo (y lo recuerdo con una intensidad que no ha declinado con los años) me vi y me reconocí naciendo. Y así como en el rostro de mi padre fallecido presentí mi propio semblante de hombre muerto, así en la figura recién nacida de mi hijo recuperé el instante en que fui dado a luz.
Abundan en la historia hijos que cargan con el apellido paterno como si de un lastre se tratara. Es que, al no poder connotarlo con su propia impronta, se han visto condenados, al darlo a conocer, a que remitiera ante todo a alguien que los precedió en su empleo, ya sea dándole lustre o desacreditándolo.
Es poco probable que alguien, si se llamara Borges, pueda impedir al nombrarse que su apellido remita, antes que a nadie, al gran escritor. ¿Y qué decir de quien se llama Sarmiento, Echeverría, Alvear o Rivadavia? Remontar ese monopolio de un apellido por parte de quien fue el primero en connotarlo nunca es tarea sencilla para quienes lo heredaron. Los hijos de Johann Sebastian Bach lo ejemplifican.
Hay, no obstante, salvedades. El apellido Mendelssohn ganó su mejor perennidad gracias al nieto Félix. No al abuelo Moisés, pese a que este, en el siglo XVIII, fue un pensador de probado prestigio. Es que hay hijos y nietos que logran infundir a su apellido destellos de luz inéditos. ¿Quién hubiera pensado, hasta mediados del siglo XX, que el apellido Freud habría de alcanzar una cumbre tan alta, en el orden del prestigio, como la que supo lograr el creador del psicoanálisis? Su nieto Lucien fue, en lo suyo, tan hondo y original como su predecesor en el psicoanálisis. Introdujo su apellido con igual elocuencia en el escenario de la pintura contemporánea.
Más allá de la extendida difusión que el sustantivo supo ganar, aplicado hoy como se lo hace a los amigos entrañables, la palabra hermano sigue remitiendo, sin disputa, a quienes con nosotros comparten una misma madre. Y aquí vale detenerse desoyendo la costumbre. No es ni da lo mismo decir «mi» madre que la «nuestra». Como tampoco ser huérfanos de una misma madre que compartir solidariamente esa condición con otros que han perdido la suya. Por el «nuestra» circula un océano de significaciones tan variadas como contradictorias.
La emoción sin equivalencia que debería, al menos cada tanto, abismarnos en lo asombroso de ese origen compartido suele verse empañada por el modo casi siempre convencional en que se nombran, llevados por la costumbre, quienes sin detenerse a pensarlo se saben hermanos. Como si en la acepción dominante de ese término se agotara su alcance. Como si fuera posible vivir de espaldas a ese otro sentido de la palabra que desnuda lo que hay de insondable en el hecho mayor de saberse gestados, nutridos y paridos, todos los que somos sus hijos, por una misma mujer.
Tengo un único hermano. Su existencia, de un modo simultáneamente inconfundible y oscuro, hace de mí alguien que puede reconocerse fuera de su propio cuerpo. Él es ese que, sin que lo homologue a mí, dice de mí con su presencia algo físicamente esencial. Mi hermano es el que me prolonga y me expande más allá de la frontera de mi piel. Yo soy yo, sin duda. Pero mirándolo no dejo de verme.
Allí, en esa intensidad singularísima, late la mujer que a los dos nos trajo al mundo.
Desencuentros
El desencuentro entre generaciones suele tener a los hijos por promotores iniciales de una disconformidad y un conflicto en los que los padres están destinados a jugar el rol conservador. El papel innovador se lo reservan, claro está, los hijos para sí mismos. Esa colisión entre creencias y valores de una y otra generación se acentuó y convalidó a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Uno de los primeros en pintarla con acierto fue el ruso Iván Turgueniev. El título de su novela, publicada en 1862, lo anticipa todo: Padres e hijos. Lo siguió Fiodor Dostoievski, en 1880, con Los hermanos Karamazov. Allí las disidencias entre un padre y sus hijos alcanza dimensiones trágicas. Menos violento pero igualmente profundo se muestra el conflicto entre generaciones planteado, al inicio del siglo XX, por Thomas Mann en Los Buddenbrook.
De esa confrontación, como de casi todo, la Atenas de hace veinticinco siglos ofrece signos indelebles. Por cierto, no hay hijo atrapado en un vínculo más pavoroso con sus padres que el proverbial Edipo. Sin embargo y para mí, el más vivo de esos testimonios se encuentra en la Antígona de Sófocles. Allí, Hemón, hijo de Creonte, rey de Tebas, se enfrenta a su padre para hacerle ver a qué profunda incomprensión de la realidad lo ha arrastrado la incontinencia de su poder.
Memorable es también, en el citado Rey Lear, la rebelión contra su padre por parte de Edmundo, hijo bastardo de Gloucester. Y no lo es menos la desesperada embestida de Hamlet contra su madre. O la de Kafka contra su padre en la carta en que lo condena por su crueldad.
Un filicidio anunciado
Pero hay un nuevo patriarcado implacable con sus hijos. Sus voceros son gente de este tiempo y no vacilan en enmascarar en la retórica del progreso la intención delirante que los mueve. Sin remordimiento, ejercen ese patriarcado quienes mejor provistos están de poder económico y político. Ellos son los responsables del desenfreno alcanzado por el calentamiento global. No acatan otra ley que la de sus privilegios. Y la hacen cumplir al precio que fuere. Aun el de la irracionalidad de que da pruebas la promoción del cambio climático que privará de hogar a sus hijos. Aun ante demandas tan dramáticas como las que formula la Tierra devastada por el desequilibrio ambiental. Al renegar de esa catástrofe, al despreciar las consecuencias derivadas de las emisiones de gases que todo lo envenenan, ese patriarcado le da la espalda a la tragedia que se cierne cada día más sobre nuestra especie.
Con la Tierra desoída, los poderosos desoyen también a sus propios hijos. Subestiman sus derechos. Les niegan un futuro al convertir al planeta en un basural. La búsqueda desenfrenada de más y más riqueza económica a expensas del equilibrio ambiental es un acto tan enajenado como criminal. No se rinde ante ninguna evidencia científica. No quiere ver el desastre al que ya ha dado lugar.
Es preciso insistir: estamos ante una configuración inédita del filicidio. Un nuevo Cronos ha empezado a devorar a sus hijos. Su propósito es impedir que le arrebaten el poder.
Y tenemos, por fin, a los Padres de la Patria. Y a su descendencia, que venimos a ser nosotros. Es preciso volverse hacia el intenso simbolismo que encierra ese vínculo entre predecesores y sucesores en términos de identidad nacional. Cabe preguntarse si la patria, tal como sus fundadores la soñaron, está cabalmente representada por quienes somos, desde hace dos siglos, sus hijos.
Hay un indicio que puede revelarnos la pobre consistencia alcanzada entre nosotros, los argentinos, por el sentimiento de fraternidad básica que debería gobernar nuestros vínculos si aquel sueño inspirara nuestras acciones. A juzgar por lo que de él ha sido generación tras generación, y por el modo que hemos tenido y tenemos todavía hoy de concebir las relaciones entre pasado y presente, se diría que no puede menos que reconocerse que no hemos sido hijos razonables. Y no lo fuimos porque esa hermandad ha estado signada por la indiferencia mutua cuando no por el desprecio recíproco.
Es posible que a la luz de ciertos momentos de nuestra historia, la decepción de nuestros Padres con nosotros se haya visto matizada por algunos logros esperanzadores. Pero a la luz de otros que han sido más frecuentes, bien escaso debe ser el orgullo capaz de despertar en ellos su ya larga descendencia.
Hemos burlado las imposiciones de la Constitución. Hemos privilegiado los intereses sectoriales sobre los del conjunto. Hemos sometido la ley al poder y no el poder a la ley. La empecinada beligerancia de unos con otros pareciera indicar que provenimos de los dioses griegos, eternamente enfrentados, y no de los ideales de Belgrano y San Martín.
Aun así, se diría que no hemos olvidado por completo a nuestros progenitores. Si bien el uso (no encuentro un término más apropiado) que hemos hecho de su legado promueve el abuso sectorial de su mensaje, cada tanto se deja ver cierta aptitud para buscar entre nosotros algún grado de convergencia. Algo de ella nos convoca a todos a insistir en reconocernos como hermanos. Y no solo ni primeramente a la hora del fervor futbolístico en los campeonatos mundiales o en el momento de la unánime gratitud que despiertan las fechas patrias como feriados aptos para ampliar los fines de semana o regalarnos una pausa a medio camino entre lunes y viernes.
Si ese algo fuera, como a veces parece ser, una emoción cívica profunda y diera lugar a un ejercicio más sabio de la política mediante un afianzamiento más hondo de la ley, sería posible que esa paternidad expectante y de ya probada paciencia con sus hijos se viera mejor recompensada.
https://www.lanacion.com.ar/opinion/los-hijos-nada-tan-nuestro-como-ellos-y-nada-menos-nuestronota-de-tapael-escandalo-que-sacude-a-francia-y-su-elite-intelectualel-mundo-nid2337757

Coronavirus

Coronavirus

Consejos del Dr. Juan Hitzig
Primero promover la SALUD, luego prevenir la ENFERMEDAD.
En general es un VIRUS agresivo para personas que previamente y de base, tienen una AFECCION o ENFERMEDAD CRONICA que debilita su estado general de salud.
En este caso promover la salud significa, respirar correctamente para mantener bien ventilado el torax, mantenerse hidratado, alimentacion variada y saludable, incluyendo citricos por su contenido en VIT C.
Realizar una caminata diaria a paso firme y sostenido, de 30′.
Como Prevenir la Enfermedad?
No tocarse la cara, los ojos ni la boca.
Toser tapando la boca con el codo…nunca con las manos.
Lavarse frecuentemente las manos y usar alcohol en gel.
Ser moderado con los saludos( manos, abrazos cuando los casos, en dias mas frios, comiencen a multiplicarse)
Alejarse de tosedores y espacios con alta concentracion humana.
Ventilar los ambientes habitacionales y laborales.
Acudir a un servicio de salud en caso de..fiebre + dolor de garganta + rinitis × dificultad respiratoria + dolores articulares y musculares.
En estos momentos es tema de preocupacion, no tanto por su agresividad, si no por la facilidad por la cual se propaga el virus y por lo tanto, al no contar con una vacuna, su capacidad de gran llegada a la poblacion de riesgo.
En los proximos dias, ser cautos, medidos pero atentos, para no permitir que el virus te infecte la cabeza, y especialmente que los medios no te la quemen.

Desafios de una nueva vejez


Desafíos de la nueva vejez: aconsejan evitar la internación, pero las opciones intermedias son pocas o caras

En 20 años la población de más de 100 se triplicaría. Según expertos, hay que adaptar el tipo de asistencia a cada persona. Acompañantes por horarios, pasar el día en un hogar y la teleasistencia, entre las opciones.
Paula Galinsky
23/02/2020
Clarín.com
La población “pasiva” no para de crecer. Como muestra basta detenerse en una cifra: según el Registro Nacional de las Personas viven en el país 15.491 adultos mayores de 100 o más años y estiman desde el INDEC que el número se triplicará en 20 años. Antes, lo más común, cuando la persona empezaba a perder capacidades, era llevarla a un geriátrico. Hoy, los especialistas recomiendan opciones intermedias como la asistencia con cuidadores o la posibilidad de ir a un hogar solo a pasar el día. Sin embargo, no es fácil acceder a estos “grises”. Las alternativas gratuitas son limitadas y las pagas, muy costosas.
“No es bueno internar a alguien que no lo necesita porque se vuelve más dependiente. Hay investigaciones que muestran que cuando una persona ingresa a una residencia y deja de utilizar dinero, pierde memoria. Pasa lo mismo con otras habilidades cognitivas”, explica Ricardo Iacub, titular de Psicología de la Tercera Edad en la UBA.
De ahí la importancia de adaptar la asistencia a la persona. “Si requiere ayuda leve, puede tener un acompañante domiciliario entre 2 o 3 horas por día. Hay centros u hospitales de día en los que pueden aprender computación, hacer yoga, participar de un taller para la memoria e interactuar con otros. También existen cursos universitarios para adultos mayores”, remarca Iacub, que suma como estrategia la teleasistencia, un “botón antipánico” que puede activar el adulto mayor si se cae o se siente mal.
El gerontólogo Eugenio Semino, que es director de Tercera Edad de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aries, advierte que las opciones intermedias “son limitadas”. “Acceden pocos por diferentes razones: no hay suficientes cupos, solo hay oferta en grandes centros urbanos o los servicios resultan caros”, apunta Semino. “No puede ser que pasemos de la autonomía total a la internación, pero eso ocurre mucho. El geriátrico es una antigüedad. Además, alojar en este tipo de sitios a una persona que necesita asistencia parcial puede agravar su cuadro”, aporta.
“Deberían existir alternativas: en Capital, por ejemplo, hay hogares de día públicos que funcionan muy bien. El tema es que necesitaríamos más cantidad para cubrir la demanda. Existen experiencias de casa compartida o tutelada por trabajadores sociales o enfermeros aunque son pocas. Con los programas de cuidadores pasa lo mismo: resultan escasos”, advierte Semino.
Y destaca que tampoco es sencillo el camino si se toma la decisión de internar a la persona: “El Pami cubre geriátricos por entre 35 y 45 mil pesos mensuales y hay lista de espera de hasta ocho meses. Uno de un estándar superior de atención cuesta más del doble, cerca de 100 mil”.
Mirta Tundis, diputada nacional y especialista en el tema, dice que “lo ideal es que el adulto mayor esté en su casa y cerca de sus afectos” y coincide en que “faltan propuestas accesibles para esa etapa y preparación de los cuidadores”.
“En el geriátrico, la persona empeora, se angustia y se enferma”, dice Tundis aunque aclara que muchas veces también es complicado encontrar un cuidador. “Hay que buscar al acompañante adecuado: no podés meter a cualquiera en la casa, tiene que ser alguien que se ocupe y no la maltrate. Alguien preparado al que, a la vez, se le debe pagar un sueldo acorde”, agrega.
Tundis asegura que los hogares de día son una buena opción: “Vengo presentando proyectos destinados a los adultos mayores pero no se están tratando. Uno de ellos tiene que ver con la creación de hogares de día. Hay en la Ciudad, pero cruzás la General Paz y no tenés nada”, detalla Tundis.
María Cecilia Tomasino, de Quilmes, dice que en mayo de 2018 se dio cuenta de que su mamá, ahora de 90, ya no podía estar sola. “Una mañana casi se le incendia la casa por una ollita que dejó en el fuego. Ese día, me la llevé conmigo y después estuve por un tiempo durmiendo con ella en su departamento hasta que decidimos contratar cuidadoras”, relata Tomasino. “La llevamos con mi hermano a un gerontólogo y fue él quien le dijo que no podía seguir viviendo sola. No queríamos mandarla a un geriátrico porque nos parecía que podía decaer”, detalla.
Hoy el esquema de cuidado incluye dos personas que la acompañan. “Está poco sola, entre las 13.30 y las 16. Yo tengo mi estudio de ingeniería justo arriba de su casa y estoy atenta en ese horario”, señala Tomasino, que planea mantener esa rutina todo el tiempo que pueda. “Para cubrir los gastos estamos usando la jubilación de mi madre y la pensión de mi papá ya fallecido”, aporta María Cecilia.
Guillermo Puddington tomó una determinación similar en relación a su mamá, de 92. “Tienen una salud aceptable. Podés charlar, te reconoce y físicamente está bien pero tiene las limitaciones de cualquier persona de su edad. Camina poquito, se deshidrata con facilidad, necesita ayuda para bañarse y que le recuerden cuándo debe tomar los medicamentos”, cuenta.
“Ella fue recibiendo asistencia en forma gradual. Primero, tenía una persona que iba a ayudarla con la cocina y la limpieza. Hoy cuenta con tres cuidadoras para cubrir ocho horas diarias y los fines de semana”, sigue Guillermo, que destina una jubilación, una pensión y los ahorros de su mamá para que reciba lo que él considera que es lo mejor para ella. “Si más adelante tenemos que poner plata los hijos, también lo vamos a hacer. Creemos que el geriátrico es para una persona que está desconectada y, por suerte, no es su caso”.
https://www.clarin.com/sociedad/desafios-nueva-vejez-aconsejan-evitar-internacion-opciones-intermedias-pocas-caras_0_FZ1LQFtB.html

28 de febrero de 2020

"No tenías que haber ido sola/o: me llamás y listo"

“No tenías que haber ido sola: me llamás y listo”

En el reproche del hijo adulto al progenitor anciano suelen latir la incomprensión, la prisa, las brechas generacionales y también –advierte la autora de esta nota– el rencor por “los años infantiles en que ellos decidían por nosotros, terciaban entre hermanos y nunca nos gustaba el veredicto” y, “más inconscientes aún, las nostalgias del paraíso perdido, del suministro permanente”.
Por Gloria Gitaroff
Página/12

Tarde de verano, mesas en la vereda, café y diarios. En la mesa contigua, una mujer, ¿75, 80?, y su hija, ¿50, más? La madre tiene un vestido claro, celeste como los ojos, y el pelo plateado, por supuesto que no de tintura sino de canas. La hija, espléndida como saben serlo ahora las mujeres de su edad, tiene un celular en la mano.
La que yo supongo la madre está replegada en el asiento, como pidiendo disculpas: se ha portado mal, aunque no parece saber a ciencia cierta qué es lo que hizo de malo, y arriesga una tímida defensa que no alcanzo a escuchar, pero que no es aceptada.
–No tenías por qué haber ido sola –ha contestado la hija–. Me llamás y listo, yo te acompaño.
Si la señora está ahí, no debe de haber sido tan grave lo que hizo, es indudable que pudo ir y volver, pienso tomando partido, más bien por una cuestión gremial, del lado de las madres.
La voz de ella me resulta inaudible. La de la hija, en cambio, me llega claramente.
–No veo la necesidad de que hagas lo que se te dé la gana y no me importa que la tía te diga lo que te diga.
Mientras pienso que es cierto que los adultos mayores necesitan ayuda, también es cierto que no son chicos, como a veces se dice de ellos, y empiezo mentalmente a escribir lo que sigue.
Le cedo la palabra al pintor y escultor español Antonio López, que en una entrevista reciente (en http://www.march.es/videos/?p0=249&l=1) habla, a los 77 años, de su propia vivencia acerca de su edad. Dice que, a pesar de sentirse feliz por haber elegido algo que le ha gustado y le ha seguido gustando toda la vida y lamentar que otros no tengan esa suerte, aunque tiene una buena salud, le pasan cosas: hay amigos que se han muerto, le duele la sociedad actual y, en todo caso, “es una edad en que la vida te hace vivir cosas ásperas”.
Ahora bien; es sabido que es muy difícil para las personas más jóvenes tener una clara noción en cuanto a de qué asperezas habla alguien mayor, ya que es una experiencia que todavía no les ha llegado (y es más difícil todavía si se trata de su madre o su padre). Incluso los viejos van aprendiendo el oficio de serlo a medida que lo viven, porque tampoco han tenido antes esa experiencia.
Está además la brecha generacional entre padres e hijos, y ahora la cuestión se complica, porque han aparecido nuevas categorías. Son las de nativos informáticos, o por adopción, versus forasteros resistentes: jóvenes que saben cómo moverse en Internet y viejos que no saben, o al menos que les cuesta más aprender.
Un paciente me dice de su padre que, por más que le insista, no lo escucha, él sigue yendo al banco en lugar de hacer los trámites por Internet, si ahora todo se puede hacer por Internet. Lo que no se puede hacer por Internet es entender que cada persona tiene preferencias, marcadas por su historia, sus aficiones y su momento vital. No hay una única manera de hacer las cosas, aunque por lo general a cada uno le parezca que la propia es la más sencilla, eficaz y adecuada.
Tal vez si la hija de la mesa del café le hubiera preguntado a su madre por qué fue sola, se habría enterado de que le gusta seguir caminando por ese recorrido que siempre hizo y que quiere comprobar cada día que puede seguir haciéndolo a su propio paso, ya que de tanto en tanto le preocupa la posibilidad de que algún día no pueda; que le gusta charlar de pasada con el diariero, o que prefiere que su hija no la acompañe, con la mejor de las voluntades pero apurada y pensando en otra cosa, porque la hija está en la edad en que tiene que ocuparse de muchas cosas a la vez.
O, si mi paciente le hubiera preguntado a su padre por qué no quería hacer los trámites por Internet, él le podría haber explicado que le lleva un tiempo precioso (el valor del tiempo aumenta con la edad), que le fastidia cuando no logra el resultado que pretende y que, en definitiva, le hace mucho mejor salir y encontrarse con otros que estar sentado frente a la computadora, que como todos sabemos es caprichosa y siempre se sale con la suya.
Hasta aquí, ciertos aspectos de la cuestión, pero hay otros, más profundos, y es que el reproche a nuestros padres late en cada uno de nosotros, los hijos adultos, como respuesta inconsciente a aquellos años de larga dependencia infantil en que ellos decidían por nosotros, terciaban entre hermanos y nunca nos gustaba el veredicto, nos despertaban para enviarnos al colegio, decidían nuestros sí y nuestros no, y más tarde, aun cuando ya no lo hacían, dejaban plantada su posición y sus advertencias.
Pero también, cuando los hijos llegan a grandes se enfrentan con los propios errores y dificultades, con lo que hubieran querido hacer y no hicieron o no pudieron, cuestiones que suelen ser (engañosamente) más llevaderas si se puede pensar que fue por culpa de nuestros padres, que si hubieran sido más inteligentes, más comprensivos, más cariñosos o más lo que fuera, la historia propia habría sido mejor.
De vez en cuando renacen los reproches infantiles o, más inconscientes aún, las nostalgias del paraíso perdido del mundo prenatal, del suministro permanente. Nada faltaba sin tener siquiera que pedirlo.
Cuando esto sucede, nunca parece tarde para reprochárselo a los padres (incluso cuando ya no están) y así aliviarse de responsabilidades. Como si, más allá de la edad, los hijos siguieran guardando dentro de sí a aquellos adolescentes rebeldes y contestarios. Pero lo que incomoda del pasado no es posible modificarlo, por más que se les reproche a los padres. Si, en cambio, se admite lo sucedido como propio, quizá se podrá evitar la repetición de algunos errores con los hijos en el presente, aunque, de todos modos, alguna vez ellos también encontrarán, ya adultos, lo que tienen para reprochar a sus padres.
* Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA)

26 de febrero de 2020

La Revolución Senior

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Revolución Senior: la próxima batalla inclusiva

Es la última discriminación ‘socialmente aceptada’ y, a diferencia de militancias como la de género, aún hay poca conciencia y mucho prejuicio. Por qué en el futuro será distinto
No le digan a Julio Martinelli, un programador de 70 años, que la vida que lleva «está muy bien para su edad», porque lo más probable es que este comentario le parezca un sinsentido. «No me imagino haciendo otra cosa; me aburro en casa, y la mayoría de mis amigos, algunos mayores que yo, siguen trabajando como lo hicieron siempre», explica. Martinelli estudia dos horas todas las mañanas, para mantenerse actualizado, y se acaba de anotar en un seminario de otro lenguaje de computación, para cursarlo en breve en Europa.
Entre actividades en la universidad, en empresas y en organizaciones sociales, la agenda de Mercedes Jones, socióloga de 71, no es menos intensa. Jones estudia cómo la sociedad moderna estigmatiza, con valores sumamente negativos, a la gente adulta. Comenzó a interesarse por esta agenda en los últimos años de su madre, que falleció a los 96. «Veía cómo la acompañaba a un banco y me hablaban a mí, o cómo se dirigían a ella como si fuera un bebé, cuestiones que si uno lo piensa son sumamente ofensivas -cuenta la socióloga-. Tenemos en la Argentina un paradigma de la vejez que atrasa siglos, lleno de falsos conceptos, y se trata de la última discriminación ‘socialmente aceptada’, porque al contrario que en otras batallas inclusivas como la de género, aún hay poca conciencia sobre este tema». Ni siquiera, agrega Jones, reconocen el problema las propias personas adultas, las víctimas excluidas: tan profundo caló este estilo de pensamiento que se conoce como viejismo o edadismo (la discriminación por edad). O ageism en inglés.
La Nación Revista

25 de febrero de 2020

Que tienen de común la personas que viven 100 años?

Qué tienen en común las personas que viven 100 años?

(y no son la dieta sana y el ejercicio)
No tiene que ver con lo que ves en la foto.
BBC Mundo
15.12.2017
Si te preguntaran en qué crees que coinciden aquellos que llegan a vivir cerca de 100 años, seguramente contestarías que todos ellos siguen una dieta saludable y hacen ejercicio con regularidad.
Pero un estudio recién publicado en la revista especializada International Psychogeriatrics recoge una serie de características comunes más sorprendentes, entre ellas la testarudez.
Fue llevado a cabo por investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de California en San Diego y la Universidad de Roma La Sapienza, quienes analizaron la salud física y mental de 19 habitantes de entre 90 y 101 años de Cilento, una subregión del sur de Italia conocida por la longevidad de sus vecinos.
Los participantes tuvieron que rellenar una serie de cuestionarios estandarizados y fueron sometidos a largas entrevistas en las que se conversó sobre migración, eventos traumáticos y creencias.
Los expertos también preguntaron a 51 familiares de estos, de entre 51 y 75 años, sobre los rasgos de personalidad de los participantes.
Estos los describieron como dominantes y testarudos.
Pero los investigadores descubrieron en los nonagenarios características como la resiliencia y la capacidad de adaptación ante los cambios, según se lee en el estudio.
«Los cambios traen vida»
«Estas personas pasaron por depresiones, tuvieron que migrar, perdieron a sus seres queridos», explica Dilip V. Jeste, decano asociado del Centro para el Envejecimiento Saludable y profesor de psiquiatría y neurociencia en la Universidad de California en San Diego, quien dirigió la investigación.
«Para poder seguir adelante, tuvieron que aceptar y recuperarse de aquello que no pudieron cambiar, pero también luchar por lo que sí podían», añade.
En ese sentido, uno de los participantes —cuyo nombre no se incluye en el documento —, contó a los investigadores cómo su mujer, con la que había estado casado 70 años, murió apenas un mes atrás y que estaba muy triste por ello.
«Pero gracias a mis hijos, me estoy recuperando y sintiéndome mejor. He luchado toda mi vida y siempre estoy preparado para los cambios», les dijo.
«Creo que los cambios traen vida y te dan la oportunidad de crecer».
Esta característica la comparten también los otros 28 participantes del estudio, así como una mirada positiva, una fuerte ética de trabajo y vínculos estrechos con la familia, la religión y el campo.
«Siempre pienso lo mejor. Siempre hay una solución. Es lo que me enseñó mi padre: haz frente a las dificultades y espera lo mejor», dijo uno de ellos durante una de las entrevistas, tal como se señala en el documento.
La mayoría de los que participaron en el estudio siguen siendo activos, hacen trabajos regularmente en sus casas y continúan labrando la tierra.
Según los comentarios de los expertos incluidos en la publicación, esto les da un propósito en la vida, incluso a una edad tan avanzada.
La paradoja del envejecimiento
Los especialistas también compararon la salud de estos longevos habitantes del sur de Italia con la de sus familiares más jóvenes, de entre 51 y 75 años.
Como era de esperar, la generación más joven estaba en mejor forma física.
Pero los expertos vieron que los mayores tenían más bienestar mental y obtuvieron mejores resultados en cuanto a confianza en ellos mismos y habilidades para la toma de decisiones.
Jeste lo denomina «la paradoja del envejecimiento».
Esto es, a pesar de que se deteriore la salud física, la calidad de la mental sigue siendo alta.
«Vimos que cuestiones como la felicidad o la satisfacción con la vida aumentaron, mientras los niveles de estrés y depresión se redujeron», explica el director del estudio.
«Es lo opuesto a lo que uno esperaría con la edad, pero esto demuestra que al envejecer no todo es miseria y desolación».
En ese sentido, uno de los participantes aseguró que no sabe «qué es el estrés». «La vida es lo que es y hay que hacerle frente siempre».
Y otro aseguraba: «Tengo que decirlo. Me siento más joven ahora que cuando era joven».
Este no es el primer estudio que se lleva a cabo con las poblaciones más longevas del mundo, las conocidas como Zonas Azules (Blue Zones, en inglés) desde que en 2005 la revista National Geographic dedicara su portada al reportaje titulado «Los secretos de una vida larga» de Dan Buettner.
Se trata de Cerdeña en Italia, la isla de Okinawa en Japón, Loma Linda en California (Estados Unidos), la península de Nicoya en Costa Rica e Icaria, una isla de Grecia cercana a la costa turca.
Sin embargo, las investigaciones realizadas hasta ahora se centraron en las características genéticas de estas poblaciones, su dieta y su salud física.
Esta es la primera vez que se aborda los rasgos de personalidad y la salud mental de los más longevos.
Analizarlos ayuda a los investigadores a entender mejor el proceso del envejecimiento, explica Jeste, y a determinar cómo se pueden mitigar o evitar los problemas de salud relacionados con la edad.
«También da a adultos de todas las edades y cualquier parte del mundo más información sobre qué pueden hacer para extender sus propias vidas», señala el director del estudio.
«No existe una única forma de llegar a los 90 o a los 100 años y tampoco creo que para hacerlo sea necesario un cambio radical de personalidad», señala.
«Pero esto muestra que hay ciertos atributos que son muy importantes, como la resiliencia, el apoyo social fuerte, el compromiso y la confianza en uno mismo», concluye.
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