24 de febrero de 2020

Un estudio revela que la longevidad no viene con los genes

Un estudio revela que la longevidad no viene en los genes

Un estudio de Calico, la empresa de Google que investiga el envejecimiento, y el sitio de genealogía Ancestry mostró un resultado asombroso
A partir de la base de datos de Ancestry, Calico estudió más de 400 millones de historias de vida.
Calico, la empresa de Alphabet (Google) que intenta resolver el rompecabezas de la mortalidad, se asoció con Ancestry, la compañía que posee la base de datos más grande del mundo sobre historia familiar. Su objetivo: investigar hasta qué punto es importante del papel de los genes para determinar la longevidad de una persona.
Aunque la cooperación es secreta, los primeros resultados acaban de ser publicados en la revista académica Genetics. Y no son los que se esperaban.
El trabajo que dirigió Graham Ruby, bioinformático de Calico, analizó registros de más de 400 millones de personas que vivieron y murieron en Europa y los Estados Unidos desde el siglo XIX hasta el presente. Y halló que, aunque la longevidad suele ser un rasgo familiar, el ADN tiene una influencia muy inferior a la que se creía en la determinación de los años que vivirá alguien.
La longevidad tiene razones de mucha mayor incidencia que el ADN, reveló el trabajo.
"La herencia real de la longevidad humana en el grupo estudiado es probablemente de hasta el 7%", dijo Ruby a Wired.
Aunque las estimaciones anteriores oscilaban entre el 15% y el 30%, el trabajo de Calico y Ancestry sugirió que la selección de parejas por afinidades es un factor de mayor incidencia.
"El primer indicio de que podía influir algo distinto de la genética o un medioambiente compartido con la familia surgió cuando Ruby trató de investigar el parentesco político", señaló la publicación.
A partir de las leyes básicas de la herencia —cada persona recibe la mitad del ADN de su madre y la mitad de su padre—, repetidas a lo largo de las generaciones, la investigación observó el vínculo entre dos personas en relación a su tiempo de vida. Investigaron a padres en relación a los hijos, a los hermanos entre sí, a los primos. Las observaciones eran las predecibles, hasta que Ruby llegó a los parientes políticos.
"La lógica indica que uno no debería compartir bloques importantes del ADN con los hermanos del cónyuge", presentó Wired. "Pero en el análisis de Ruby, la gente vinculada por medio de un pariente cercano de la persona con la que se casó tendían a tener un tiempo de vida casi tan similar como el que tenían en relación con alguien vinculado por la sangre".
El científico comprendió que "aunque nadie había mostrado el impacto de la selección de parejas por afinidades hasta tal extremo, [el hallazgo] era coherente con el modo en que sabemos que se estructuran las sociedades humanas".
Eso no significa que no existan genes asociados al envejecimiento o enfermedades que se presentan con la edad. Pero revela que para identificar más de esos genes será necesario un poder estadístico mucho más grande que el que se creía. Además del factor biológico, será necesario abarcar el social.
El factor social se mostró tanto o más importante que el biológico para determinar la longevidad.
El factor social se mostró tanto o más importante que el biológico para determinar la longevidad.
Calico y Ancestry terminaron su colaboración con este estudio, pero la firma relacionada con Google puede utilizar los resultados para continuar sus investigaciones. Y aunque un vocero se negó a ampliar el tema con Wired, la moraleja de lo que se publicó en Genetics indica que "los humanos tienen más control sobre su tiempo de vida que sus genes". Parece que las otras cosas que comparten las familias ("hogares, barrios, cultura, cocina, educación, acceso a la salud") marcan una diferencia más grande.
La directora científica de Ancestry coincidió en que por el momento que "un término de vida saludable parece estar más en función de las elecciones que hagamos". Por ejemplo, hubo dos grandes bajas de la edad de muerte, identificables a simple vista en los datos de sus clientes, durante el siglo XX: entre los varones en los años de la Primera Guerra Mundial, y entre hombres y mujeres en las décadas finales, debido al tabaquismo.
"No hay que fumar y no hay que ir a la guerra", ironizó. "Esos son mis dos consejos. Y acaso dedicar tiempo a hacer ejercicio".

7 de febrero de 2020

La soledad crónica, un problema de salud pública

La soledad crónica, un problema de salud pública

La soledad es un problema de salud creciente
La soledad es un problema de salud creciente
En un mundo cada vez más interconectado tecnológicamente, el aislamiento y la exclusión social se han transformado en un problema de salud pública, con repercusiones importantes sobre la calidad de vida. Varios estudios han vinculado la soledad crónica y el aislamiento social con una mayor incidencia de enfermedades y un mayor riesgo de muerte prematura.

La medicina todavía no ha resuelto si es la soledad la que genera enfermedades o son las enfermedades las que nos hacen estar aislados, lo que sí está demostrado es la íntima relación entre ambas.

Un estudio reciente de la Brigham Young University ha evidenciado que la soledad y el aislamiento social incrementan el riesgo de muerte tanto como la obesidad y otro estudio publicado en la prestigiosa revista HEART por equipos de las Universidades de Helsinky y Upsala evidencia que la soledad incrementa el riesgo cardiovascular entre 1,4 y 1,5 veces, igual que el tabaquismo, el alcohol y el sedentarismo. Asimismo en un artículo publicado en la revista Harvard Business Review, el cirujano americano Vivek Murthy escribió que “la soledad y las conexiones sociales débiles se asocian con una reducción de la vida similar a la causada por fumar 15 cigarrillos por día e incluso mayor que la asociada a la obesidad”

Aumenta hasta un 25% la probabilidad de morir prematuramente por hipertensión arterial, infartos, obesidad, falta de vacunaciones, adicciones, violencia, depresión y demencia, diabetes tipo 2 etc. todas enfermedades que podrían estar mediadas por un aumento crónico de la hormona cortisol, liberada durante hábitos de vida que generan estrés crónico.
Parecería, según algunos autores, que la soledad tuviera una retroalimentación negativa mediada biológicamente, un perfecto círculo vicioso: cuanto más solas o solos estemos, más solas o solos vamos a querer estar y peor nos vamos a sentir. Paradójicamente, las redes sociales parecen confirmarlo, lejos de incrementar nuestro sentimiento de compañía lo disminuyen y mantienen nuestro nivel de estrés.

Cuando hablamos de soledad nos referimos aquella que no es deseada por el individuo y que genera aislamiento social, cuando esta situación se prolonga en el tiempo, en general más de 3 a 6 meses, se la denomina ̈soledad crónica ̈ y se caracteriza por sentimientos constantes y continuos de sentirse solo, alejado o separado del conjunto social, etc.

Un estudio realizado por investigadores de Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos, demuestra que cuando la soledad se la clasifica en subtipos, se duplica el número de personas que reconocen sufrirla. Están hablando de la soledad social, que se distingue por la falta de satisfacción en la cantidad de relaciones sociales y la soledad emocional, que es la insatisfacción por la calidad de las relaciones humanas.
Steve Cole, un investigador de genética de la Universidad de California en Los Ángeles, autor de un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) demuestra que la soledad tiene efectos fisiológicos en nuestro organismo. Junto con Jhon y Stephanie Cacioppo, psicólogos de la Universidad de Chicago, realizaron una investigación llamada “Hacia una neurología de la soledad” en la que observan que el nivel de “toxicidad de la soledad es impresionante” y que “el aislamiento es uno de los grandes riesgos de la salud en la época actual”.

Uno de los resultados que publicaron fue que se producía un aumento de los genes que producían procesos inflamatorios y un descenso de la actividad de las células que combaten estas inflamaciones. A pesar de lo que se piensa, la soledad no solo afecta a personas mayores.
También afecta a niños, jóvenes, personas con discapacidad y enfermedades psiquiátricas crónicas. Hace un par de años, en Gran Bretaña se creó la Secretaría de Estado de la Soledad. De acuerdo a un informe realizado por la comisión Jo Cox sobre la soledad, había en ese país 9 millones de personas (14% de la población total) que se sentían solas. Asimismo, según ese estudio alrededor de 200 mil personas confesaban no haber hablado con nadie desde hacía más de un año.

En la Argentina, una de cada cinco personas mayores vive sola, según el informe de la Universidad Católica Argentina (UCA). Según el censo 2010, el 10,2% de la población argentina es mayor de 65 años, uno de los países con población más añosa de América Latina. Se calcula que en 2025 las personas mayores alcanzaría el 12,7% y en 2050 el 19%. Para esa época el número de personas mayores de 65 años será mayor a la cantidad total de niños y adolescentes menores de 15 años.
En la ciudad de Córdoba, el Centro de Promoción del Adulto Mayor (CEPRAM) funciona un programa de acompañamiento telefónico a mayores, una línea recibe llamadas. El 60 % de las consultas son personas que se sienten solas.

Las personas con soledad crónica tienen un nivel de demanda de los subsistemas de salud (público, seguridad social y privado) mucho mayor que la población que no la padece; esto obviamente se traduce en un aumento muy importante en los costos económicos de las instituciones de salud.
Es fundamental reconocer que el tema de la soledad crónica es un problema de todos. El otro problema que surge es qué ninguna profesión lo siente suyo, mientras todos saben quién hace el diagnóstico y quién la puede tratar, la soledad crónica, concibiéndola como un trastorno o factor de riesgo toca a muchos perfiles profesionales.

Las políticas de salud pública deben ser intersectoriales e interdisciplinarias, porque tienen que ver con la salud, la vivienda, el trabajo o desarrollo social, el esparcimiento, los espacios públicos etc.
La fragmentación del Sistema de Salud también impacta negativamente sobre esta población, en otras palabras hay infinidad de recursos nacionales provinciales, municipales, de las obras sociales y privados interviniendo sobre esta población, pero descoordinados y sin una única rectoría, esto hace más difícil el acceso y burocratiza mucho la atención.
Me parece que uno de los desafíos actuales es abordar desde el Estado esta problemática como lo están haciendo muchos países del mundo que están desarrollando estrategias amplias sin olvidar a las personas que ya están sufriendo.
* Médico sanitarista

6 de febrero de 2020

En el día Internacional del Alzheimer

Airam Ritha Flores en El Club de los Libros Perdidos
- Buenos días, señora Fanny.
- Buenos días joven.
- ¿Qué hace ahí parada? Se va a quedar usted congelada.
- Estoy esperando a mi hijo. Se fue a comprar pan hace un rato, pero parece que se retrasa demasiado... Añadió la anciana, consultando su reloj.
- No se preocupe, seguro que no tardará. ¿Le importa que le haga compañía?
- Gracias, no te molestes. Un joven tan guapo como tu seguro que tiene cosas mejores que hacer que acompañar a una vieja como yo. Alguna niña afortunada te estará esperando…
- No es ninguna molestia, se lo aseguro. Nos sentaremos en el banco del parque charlaremos y esperaremos…
Y Alejandro, como cada mañana, se sentaba junto a su anciana madre, esperando a un hijo que jamás estuvo ausente... Siempre lo tenía tan cerca…
En el Día Internacional del Alzheimer.

Que es el vértigo y como tratarlo

Buenos Aires, Argentina
miércoles 05.02.2020
  
 U24
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Pérdida de equilibrio, giros y desorientación: qué es el vértigo y cómo tratarlo

Son frecuentes los episodios de vértigo en las personas, aunque algunos los confunden con los mareos. Es importante saber diferenciarlos y tener un tratamiento adecuado para esta afección. Un consejo es que cuando se tiene un episodio de vértigo, hay que mirar a un punto fijo y permanecer sentado.
Por URGENTE24

¿Cómo se trata el vértigo?
Muchas personas confunden los mareos con el vértigo. En los primeros, uno se siente aturdido. El vértigo es cuando uno siente que, por ejemplo, la habitación gira a su alrededor. Es una sensación de movimiento propio o de lo que lo rodea. La persona suele sentir que gira o que todo gira alrededor de sí misma.

Se diferencia del mareo en que esta es una sensación de flotar, estar embarcado, o en el aire, que incluso puede afectar la cabeza produciendo sensaciones inespecíficas de embotamiento o de cabeza liviana o pesada. El mareo es el segundo motivo más frecuente de consulta a los médicos, después de la cefalea (dolor de cabeza)
.
Cuando uno padece vértigo corre mayores riesgos de sufrir caídas y suele no poder movilizarse. En las primeras crisis produce mucha inseguridad e incluso sensación de muerte inminente, aunque en el 70% de los casos es originado por algún problema en los oídos internos que no implican riesgo de vida alguno. También pueden producir náuseas, vómitos intensos, e hipertensión arterial o lipotimias (tendencia al desmayo) en las primeras crisis.
El consejo del Hospital Británico al padecer vértigo, es que es importante mirar un punto fijo para disminuir el movimiento ocular que origina esta sensación de giro y permanecer sentado o acostado para evitar el riesgo de caídas. A su vez, evitar incorporarse rápidamente de la cama, evita los riesgos de caída por vértigo posicional benigno, que es la causa más frecuente de vértigo en los adultos mayores y puede ocurrir espontáneamente sin síntoma alguno previo.

El vértigo también puede ser uno de los síntomas del Síndrome de Méniére (el 7 de febrero es el día de la concientización de esta enfermedad), que afecta al oído interno, tanto a la audición como al sentido del equilibrio. El principal síntoma es el vértigo rotatorio.
Se sugiere consultar al otorrinolaringólogo en caso de ocurrir un episodio de vértigo o de padecer mareos recientes o crónicos, para que se puedan descartar las causas más frecuentes de los mismos y consultar al neurólogo si padeció junto al vértigo alguno de estos síntomas: pérdida de conocimiento, dificultad para hablar, parálisis de los músculos de la cara, parálisis de alguna parte del cuerpo, o convulsiones.

4 de febrero de 2020

Que recordaran mis nietos

¿Qué recordarán mis nietos? La huella de los abuelos en la memoria, y en la vida

¿Cuál es tu recuerdo más añejo? Por qué para ellos no existe el pasado y otros secretos de la memoria durante la infancia.
16/01/2020 –
Clarín.com
¿Cuál es el recuerdo más añejo que guardás de tus abuelos? ¿Qué clase de anécdotas es la que más se repite en tu memoria? ¿Por qué son parte de nuestro presente aun cuando, quizás, los perdimos hace tantos años? ¿Por qué no recordamos lo que vivimos antes de los tres años? Y si no recordamos, ¿qué huella deja lo vivido?
Por qué para los niños no existe el pasado
El psicoanalista, doctor en filosofía y doctor en psicología Luciano Lutereau explicó a Entremujeres Clarín la diferencia que existe en infancia entre el recuerdo y la memoria: «Para los niños no existe el pasado. Hacen un uso amplio de la memoria, pero el tiempo pretérito no se constituyó aún como pasado. Por eso, cuando les preguntamos qué hicieron ayer o la semana pasada, muchas veces dicen ‘no me acuerdo’. No sólo esta respuesta demuestra el fastidio ante la pregunta inquisitoria del adulto, sino que explica incluso el motivo de ese fastidio».
Y detalló: «Para los niños aún no existe la historia, viven en un presente continuo -por eso puede ser que en cualquier momento traigan a cuento un episodio extemporáneo- que sólo concluye con la represión. La represión psíquica es lo que permite que haya recuerdos. ¿Qué es la represión? Es un proceso mental que introduce la relación con el tiempo, crea el pasado propiamente dicho. De ahí que no es raro (y es gracioso) que un niño de cinco años pueda decir: ‘Cuando yo era chico’. Igual antes, hacia los cuatro años, los niños empiezan a situar el tiempo como una serie continua, distinguen entre ‘antes’ y ‘después’ y, por ejemplo, pueden decir ‘ayer’ para referirse a algo de hace una semana; el primer sentido de ‘ayer’ es ‘antes’ -esto es algo que ya había destacado el psicólogo cognitivo Jean Piaget-«.
«Lo interesante es que esta constitución del tiempo introduce una idea de identidad personal: el ‘yo’ del niño, que antes era un mero vacío, fugaz e instantáneo, cobra un espesor y comienza a acompañar todas sus representaciones. Lo maravilloso, en último término, es que, con la adquisición de la forma del tiempo, surgen los contenidos de la vida moral. Es hacia los cuatro años que los niños comienzan a jugar con la ley y su transgresión, lo que se ‘debe’ hacer, así como cuentan lo que otro hizo y estaba mal, etc.», aseguró.
La construcción de la memoria y los recuerdos antiguos
“Cuando hablamos de memoria nos referimos a una serie de episodios específicos experimentados en el pasado. Esta habilidad requiere de una etapa de adquisición, una de almacenamiento y otra de evocación de la información”, sostuvo Teresa Torralva, doctora en neurociencias y directora del Departamento Neuropsicología de INECO, en conversación con Entremujeres Clarín.
Torralva aclaró que, si bien existen diversos tipos de memoria, en este caso, la protagonista es “la memoria episódica, que es la que almacena las experiencias y eventos personales, denominada también memoria autobiográfica”. Los recuerdos más antiguos relacionados con las experiencias personales se ubican alrededor de los tres o cuatro años, según indicó la investigadora. “Es a partir de esa edad que los niños son capaces de evocar memorias episódicas, aunque pueden únicamente recordar eventos aislados, con pocos detalles”, aseguró.
Pero, ¿cómo es posible evocar vivencias tan lejanas? Estos recuerdos, afirmó la experta, “estarían basados en fragmentos recordados de experiencias tempranas como, por ejemplo, un cochecito en particular, información sobre nuestra propia infancia o detalles obtenidos en fotos o relatos familiares. Luego, pasado el tiempo, esta representación mental o fragmento se vuelve una experiencia real al volver a la mente y recién ahí transformarse en una memoria real”.
En ese sentido, Torralva explicó: “En la niñez media, a los ocho años, los recuerdos se caracterizan por presentar mayor cantidad de detalles del cuándo, cómo y dónde, acompañados de autorreflexiones y emociones sobre el evento en sí. Pero es recién en la adolescencia temprana cuando se organizan los recuerdos con respecto a su contenido, significado y, fundamentalmente, al tiempo cronológico en pos de construir la historia de nuestra vida. De esta manera, a los doce años, las memorias comienzan a integrarse en un tiempo y espacio específico y, con el paso de los años, aumenta su organización en períodos de vida, en oposición con recuerdos aislados y fragmentados”.
La huella de lo vivido
A finales del siglo XIX, Sigmund Freud llamó «amnesia infantil» o «amnesia de la niñez» a la falta de memoria de nuestros primeros años y a los vagos recuerdos desde los tres hasta los siete años. Pero… Si no recordamos nada de esos primeros tiempos, ¿qué huella deja lo vivido? «Deja las huellas más profundas», asegura el especialista en niños y crianza a Entremujeres Clarín.
«Un niño es pura percepción, es decir, inscripción de huellas psíquicas que sólo se comenzarán a interpretar cuando se haya consolidado el tiempo y, por lo tanto, la capacidad de recordar. Al recordar, es posible modificar el pasado. Sin embargo, antes de que eso ocurra, las huellas psíquicas son principalmente sensoriales, sobre todo, olfativas y táctiles. No es raro que a un niño pequeño al que le cuesta dormir solo, alcance con darle una remera de su madre para que se quede tranquilo. La huella es condición suficiente de la presencia. Lo mismo ocurría hasta hace un tiempo con aquellas otras personas que acompañaban en la crianza, como los abuelas y abuelos».
Como en una de las escenas finales de la película Ratatouille, cuando el exigente crítico culinario queda maravillado por el plato que le prepara el inesperado chef, la rata protagonista, que le despierta el recuerdo de su infancia y el calor de hogar: «Las raíces más fuertes de nuestra infancia están hechas de olores y gustos que nacieron mucho antes de que fuésemos capaces de recordarlos», dice Lutereau.
Otro ejemplo es la novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, cuya historia se desencadena desde el recuerdo encendido al encontrarse con el sabor y el aroma de una taza de té y una magdalena que trae a la memoria las tardes en casa de la abuela.
«En última instancia, eso que llamamos ‘piel’ o ‘química’ con otra persona tiene su fuente en ese vínculo primario que es la antesala del desarrollo mental, que es la historia de nuestra vida antes de que hubiera empezado la historia», asegura Luciano.
El recuerdo de los abuelos
Los paseos, las estadías en su casa, los días que estuvieron al frente de nuestro cuidado, sus comidas, su compasión… Son tantos los momentos que un nieto vive con sus abuelos que es difícil mencionarlos en su totalidad. «El recuerdo de experiencias vividas con nuestros abuelos dependerá de muchos factores, entre ellos, cuándo, dónde y cómo fue la experiencia vivida con ellos», comentó la doctora en neurociencias. En ese sentido, aclaró que «el tipo de recuerdo y especialmente su valencia emocional es de vital relevancia».
Al mismo tiempo, la representante de INECO distinguió entre la huella que dejan las buenas y las malas experiencias: «Estudios han demostrado que los recuerdos de nuestra vida que recordamos con mayor precisión son aquellos que están ligados a una emoción, ya sea positiva o negativa, aunque especialmente positiva».
Por último, respecto a los abuelos y las abuelas resaltó que «probablemente recordemos todos aquellos eventos compartidos en la infancia y adolescencia temprana que nos haya hecho sentir alguna emoción».
En términos científicos, explicó que es así cómo «se activa nuestra amígdala (estructura cerebral relacionada con las emociones) que, junto con otras estructuras relacionadas con la memoria (hipocampo y corteza prefrontal), facilitarán la adquisición de la memoria y luego su posterior recuperación».
https://www.clarin.com/entremujeres/hogar-y-familia/abuelos-neurociencias-recuerdos-memoria-nietos_0_ggNBEpCI.html

La fuerza de Sara

La fuerza de Sara, una mujer entre dos infiernos: de Auschwitz a Madre de Plaza de Mayo

Vivimos durante más de tres años en el Gueto de Lodz. Ahí murieron mis dos hermanitos, uno de hambre y otro asesinado por los nazis. Un día de 1944 nos vinieron a buscar. Me acuerdo y me vuelve el miedo. Los alemanes nos sacaron de la casa y nos obligaron a subir al tren. Estaba con mi mamá y mi papá. No sabíamos para dónde íbamos, mucho después nos enteramos de que el destino era Auschwitz-Birkenau.
Clarín
24.1.2020
Sara Rus -Sarenka, en aquel entonces- no lleva tatuado el número en su brazo. Ese que los nazis le grababan a los que eran llevados a los campos de concentración y exterminio, como una de las tantas maneras que utilizaban para hacerles sentir a las personas que dejaban de serlo. Es que para el año en el que ella arribó a Auschwitz-Birkenau, también conocido como Auschwitz II, “no llegaban a tiempo”. “La intención era mandarnos directo a las cámaras de gas. No alcanzaban a marcarnos”, señala Sara desde el living de su departamento de Colegiales.
Tiene 92 años pero, cuando intenta ponerle palabras a lo que vivió durante el Holocausto, vuelve a ser la nena polaca de 12 que vio más de lo que cualquier nena puede soportar a su edad.
La primera imagen que le viene a la mente es la de su violín hecho pedazos en el comedor de su casa natal, en Lodz. “¿Así que te gusta el violín?”, le dijo un soldado alemán que entró por la fuerza. Ella respondió que sí y el hombre lo reventó contra la mesa.
Con ese detalle empezó la Segunda Guerra Mundial para Sara, su lucha por sobrevivir y salvar a su madre. También comenzó su historia de amor y la ilusión de un futuro en la Argentina, donde otra vez terminó siendo víctima del terror. En 1977, durante la última dictadura, los militares se llevaron a Daniel, su primer hijo. “Desapareció. Nunca supimos qué le hicieron”, sigue Sara, que ahora pide sacar de su cartera el pañuelo blanco que la identifica como Madre de Plaza de Mayo.
Una ilusión entre alambres de púa, armas y muerte
En 1940 tuve que dejar mi casa para mudarme al gueto. El lugar estaba rodeado de alambres de púa y soldados armados. Había que hacer colas enormes por un pedazo de pan o un poco de verdura. Vivía con mi familia en una habitación y empecé a trabajar a la par de los adultos en una fábrica de sombreros. Cada tanto, los nazis se llevaban gente. Elegían a los más flacos. Mi mamá estaba bastante deteriorada. Por eso, cada vez que venían la vestíamos con varias capas de ropa para que no la subieran al tren.
En el gueto no se vivía, se sobrevivía. “Separaban a los padres de los hijos. Ese era mi mayor miedo, que se llevaran a Clara, mi mamá. Allá adentro nacieron y murieron mis dos hermanitos”, relata Sara con una entereza que sorprende. El primero falleció a los 3 meses: “Era un bebé hermoso, murió de hambre”. Y dice que su mamá “tuvo un segundo niño, que fue asesinado por los nazis”.
En medio de esa oscuridad profunda, Sara encontró el amor. Con Bernardo se conocieron un domingo. “Era el único día que no se trabajaba en el gueto. Mi papá se hizo amigo y lo invitó a nuestra casa. Yo todavía no tenía 15 y él ya 25. Nos miramos y nos gustamos. Hablamos de Argentina, ‘un país joven’ donde yo tenía un tío. El me dijo que había leído sobre Argentina y que también quería ir”, recuerda Sara y sonríe.
Pusieron fecha: 05/05/1945. “Si seguimos vivos para ese momento, te espero en Argentina”, le dijo él.
Izquierda o derecha y la “fortuna” de hablar alemán
Un día de 1944 nos subieron al tren. Viajamos como animales, todos aplastados y casi sin aire. No sé por cuánto, perdí la noción del tiempo. A mi papá lo perdí cuando nos bajaron y nunca más supe de él. Con mi mamá caminamos juntas hacia Auschwitz-Birkenau. Un soldado gordo mandaba a izquierda o derecha de una fila. Los más delgados iban hacia la izquierda, era el camino hacia la muerte. Para ese lado le tocó a mi madre. Me acerqué desesperada al soldado y le dije en alemán que me la estaba sacando y que quería estar con ella. Hablar su idioma hizo que la dejara cambiar de fila.
En el ingreso al campo de concentración, a Sara la desnudaron y le sacaron todo lo que tenía. Le cortaron sus trenzas y empezaron a revisarle la cabeza en busca de piojos, ahí perdíó de vista a su madre. “De acá no salgo”, pensó.
“Me llevaron a unos baños, yo lloraba y gritaba ‘mamá, mamá’. Había humo y lluvia, todo era angustia y desesperación. Me encontré con una mujer pelada en el piso: ´¿No viste a mi mamá?´, le pregunté. ´Yo soy tu mamá´, me respondió”, sigue Sara. Traga saliva y hace silencio. Cambia el tono: “No reconocí a mi madre”.
Después vino un abrazo y “la felicidad” por seguir vivas y juntas en medio de ese infierno.
La ayuda de un ángel en Auschwitz-Birkenau
Las noches en Auschwitz eran terribles. Dormíamos apretujadas con mi mamá para soportar el frío dentro de las barracas. A las 3 de la mañana nos levantaban para contarnos. Y se llevaban mujeres, filas de mujeres. Cada día podía ser el último. Nosotras siempre quedábamos atrás. “Debe haber un ángel que nos está protegiendo”, decíamos. Tuvimos suerte.
No hay palabras para describir Auschwitz, dice Sara, sobre el campo de concentración y exterminio nazi donde se calcula que fueron asesinadas un millón cien mil personas, en su gran mayoría judíos.
“Hambre, muerte, llanto, gritos, dolor. Era rogar que no te tocara estar al final de una fila de 10 por un sorbo de sopa, la única comida del día. Era recibir un baldazo de agua fría si te escuchaban murmurar”, detalla Sara. Después de eso, hace otra vez silencio.
De un infierno a otro y a uno más hasta el 05/05/1945
Necesitaban mujeres para trabajar en una fábrica de aviones y nos eligieron. Así salimos de Auschwitz-Birkenau. Y de ahí nos llevaron a otro campo de concentración en Austria: Mauthausen. Mi madre estuvo de nuevo al borde de la muerte. Los Aliados nos liberaron el 05/05/1945 y yo pensé en Bernardo. Me acuerdo de los americanos llorando como bebés al ver tanta gente desnuda y desnutrida, tirada en el suelo.
Para ese entonces, Sara pesaba 26 kilos y su mamá, 28. “No todos pudieron recuperarse. Muchos comían y se morían. Los cuerpos no toleraban el alimento. Yo estuve 3 meses solo con suero. No lograba probar bocado”, cuenta Sara.
Su mamá mejoró pronto, consiguió comida y unas ollitas, que Sara todavía conserva en su casa de Colegiales: “Decidió cocinarme las sopas que me hacía de chica y así volví a comer. Costó mucho pero un día me paré de nuevo, otro caminé, me empezó a crecer el pelo. Todo eso pasó dentro del mismo campo que se transformó en refugio. Esa vez, ella me salvó a mí”.
Carta para Sarenka
“¿Quién me escribe?”, pensé cuando se acercaron con el sobre “para Sarenka”. Lo abrí y empecé a leer. Y, por la sorpresa, tuve que releer. Era Bernardo, me decía que había sobrevivido, que estaba enamorado de mí y que no iba a casarse con otra, que me estaba esperando en Polonia. Mi mamá quería que viajáramos a Israel, yo le dije que nos íbamos a Argentina.
El reencuentro fue en Lodz. “Lo vi hermoso. Tenía botas y gorra rusa. Yo había conseguido un tapadito y una boina. Él me dijo: ‘te venís conmigo’, pero no estábamos casados. Entonces un amigo suyo nos puso la mano en la cabeza, nos preguntó si queríamos quedar unidos en matrimonio, dijimos que sí y nos declaró ‘marido y mujer’, ”, sigue Sara, que ríe y asegura que el falso rabino era “un sinvergüenza”.
Volver a sentirse un ser humano
Recién cuando dejé Polonia volví a sentirme un ser humano. Estuvimos en un campo de refugiados de Alemania, en el que nos casamos por civil. Después viajamos junto con mi madre hasta Francia y de ahí nos fuimos en avión a Paraguay. Perón no dejaba entrar a los judíos a Argentina así que mi marido envió una carta en polaco que se ve que tradujeron. Respondió Eva Perón y nos mandó pases para entrar al país.
Por primera vez, Sara tuvo unos años de paz. Con Bernardo se instalaron en Villa Lynch. Tuvieron dos hijos, Daniel y Natalia. “Mi marido empezó a trabajar en el rubro textil y pudimos mandar a nuestros chicos a una primaria y una secundaria excelentes”, dice Sara y destaca que ella fue aprendiendo a la par de sus nenes. “Es que en Europa no tuve la posibilidad de hacer la escuela. Todo lo que incorporé fue gracias a una amiga de mi madre que me daba clases en el gueto”.
Los años felices, con sus hijos, Bernardo y Clara, se terminaron con el Golpe de Estado de 1976.
“Mamá, están desapareciendo personas”
El 15 de julio de 1977 Daniel Lázaro Rus, mi hijo, tenía 25, casi 26. La misma edad que Bernardo cuando nos conocimos. Era fanático de las Ciencias Atómicas y ya se había recibido de físico en la UBA. Un año atrás, había entrado a la Comisión Nacional de Energía Atómica. Estaba viviendo su sueño. Ese día fue a trabajar y un grupo de militares se lo llevó junto a otras 17 personas. En Casa de Gobierno me dijeron que no entendían por qué me preocupaba, que “seguro se había ido a pasear con una chica”. En Plaza de Mayo me encontré con otras madres que estaban en la misma situación, llevaban pañuelos.
Daniel se había comprado un coche y lo primero que pensó Sara fue que había tenido un accidente en la calle. Pero no. Una semana antes, los militares habían secuestrado a uno de sus amigos. “Mamá, están desapareciendo personas”, llegó a contarle.
“A los pocos días se llevaron a Daniel: jamás supimos qué pasó, dónde estuvo, qué le hicieron. Lo buscamos muchísimo. Yo me uní a las Madres Línea Fundadora”, suma Sara. Y cuenta que su mamá, que sobrevivió a Auschwitz y Mauthausen, no soportó perder a su nieto: “Su salud empeoró mucho cuando desapareció mi hijo, ella falleció al poco tiempo”.
Pide su billetera, la abre y muestra dos fotos que lleva a todos lados. En una está Daniel, morocho y de ojos grandes con sus eternos 25; y en la otra, Bernardo, de joven, también morocho y con sombrero. “Mi marido murió unos años más tarde, después de luchar contra un cáncer de pulmón”, dice mientras acaricia la imagen.
Sara según su nieta: legado y memoria
Mi abuela es la sopa de verdura casera que me hacía de chica, es la persona que me enseñó a festejar y ver lo positivo de las cosas. En mi infancia, pensaba a mis abuelos como inmigrantes. Cuando no querían que los entendiera hablaban idish. De más grande, sumé la idea de sobrevivientes. Con el tiempo, ella me pudo contar y yo me animé a preguntar y escuchar.
Paula Scheinkopf es nieta de Sara y Bernardo. Nació en democracia, en 1984. Vivió Auschwitz y la dictadura militar argentina a través del relato de su abuela. Estudió Filosofía y colaboró en el documental La Memoria y Después (2018), sobre la historia de Sara.
“Trato que transmitir lo que ella vivió no se transforme en un deber, busco que sea una decisión de todos los días. Su testimonio está, mi intención es convertirlo en algo que tenga impacto en el mundo que me rodea”, reflexiona Paula, que es mamá de Nicolás, de dos años y medio. Y espera para dentro de poco a una nena. Le va a poner Clara.
Vivir para contarlo
Hasta mis últimos días voy a seguir contando lo que me tocó vivir. Hacerlo duele, pero es necesario para que no se repita. Para eso también está el Museo del Holocausto. En Argentina tenemos uno de los más importantes del mundo y es algo que celebro. Todos deberían ir, conocer, saber lo que ocurrió. Necesitamos memoria. También verdad y justicia para que nadie tenga que pasar por lo que pasé. Por los seis millones de judíos exterminados en la Shoá.
Sara asegura que, a pesar de todo, está “agradecida a la vida”. “Por llegar hasta acá, a los 92 años, lúcida y con una familia hermosa”, resalta. “En varios momentos creí que no iba a poder, que todo se acababa, que era el final. Y no fue así. Hoy disfruto el día a día y la posibilidad de compartir con mi hija y mi yerno, mis nietas y bisnietos. Ellos son el triunfo del amor sobre el odio, mi mejor regalo”, cierra.
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Polifarmacia

Polifarmacia: El 70% de los mayores toman medicamentos «potencialmente inapropiados»

Según un estudio, el 42% de los que superan los 65 y van con recetas a la farmacia usan entre 5 y 15 fármacos por mes; advierten que eso puede causar más daños que beneficios
Matías Loewy
La Nación
23.1.2020
Cuando el geriatra Lucas Corral atendió a la abuela de una amiga, revisó de rutina la medicación que venía tomando. «Casi entré en shock», recuerda el médico del Hospital Durand. La afiliada de PAMI usaba ¡25! medicamentos distintos, incluidos fármacos para el Alzheimer, antihipertensivos, un regulador de la frecuencia cardíaca, un ansiolítico, un antiácido, un antipsicótico, aspirina en bajas dosis y un aerosol para dilatar los bronquios. Después de tratar el cuadro agudo, los profesionales reevaluaron la pertinencia o utilidad de las indicaciones y suspendieron casi todo. «Se fue de alta con cinco medicamentos», evoca Corral.
Aunque puede ser considerado un caso extremo, la polifarmacia o consumo regular de más de cinco medicamentos está extendida entre los ancianos. Y un número creciente de médicos consideran que puede traer más perjuicios que beneficios. Un nuevo estudio en la Argentina reveló la magnitud del problema. Científicos de Rosario examinaron las recetas de 2231 mayores de 65 años que concurrieron a 10 farmacias comunitarias de esa ciudad a lo largo de siete meses. Constataron que el 42,3% tomaba mensualmente entre cinco y 15 remedios distintos. «Y eso sin contar los medicamentos de venta libre y suplementos», dice la farmacóloga María Eugenia Mamprin, investigadora del Conicet en la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de la Universidad Nacional de esa ciudad.
A medida que aumenta la cantidad de prescripciones, sube la chance de que algunos sean innecesarios, inadecuados para la edad o interactúen entre sí y produzcan efectos adversos. En el mismo estudio, Mamprin y sus colegas revisaron los casi 57.000 medicamentos recetados y hallaron que siete de cada 10 pacientes tomaban al menos uno considerado «potencialmente inapropiado», de acuerdo con un reciente listado elaborado en la Argentina (IFAsPIAM), que identifica más de un centenar de fármacos que deberían evitarse o administrarse con precaución en adultos mayores.
La proporción de ancianos que toman medicamentos que quizás no deberían es «asombrosa», lamenta Mamprin. Y agrega: «Es más alta que en otros países de la región, como Brasil, y el doble de lo observado en Europa. Hay que tomar conciencia: se necesita un uso más racional de los medicamentos».
Uno de los factores principales que explica la escalada de medicamentos recetados es la desarticulación de los cuidados médicos: ante distintos signos y síntomas, los pacientes recurren a diferentes especialistas (cardiólogo, neumonólogo, reumatólogo, etcétera) que se concentran en un problema específico, agregan «soluciones» para cada uno de ellos y no revisan las indicaciones de sus colegas.
Razones múltiples
Los «médicos de cabecera» del PAMI, por su parte, a menudo se limitan a transcribir recetas previas, sin cuestionar la utilidad clínica de las drogas, desliza un geriatra que prefirió no ser nombrado. «La falta de tiempo favorece la inercia prescriptiva», sostiene Mariano Núñez, especialista en medicina interna, profesor de Farmacología en la UCES y director del Laboratorio de Farmacovigilancia del Instituto de Farmacología de la UBA.
Otra causa del fenómeno es la «medicalización de la sociedad», apunta Fernando Coppolillo, gerente de prestaciones médicas de Medifé. Una de las consecuencias sería el abuso de psicofármacos. «Situaciones del ciclo vital, como el duelo o el estrés, o emociones básicas, como el enojo, la tristeza y el miedo, se tratan farmacológicamente. Eso les quita a las personas una herramienta básica, que es la autosuperación para los desafíos de la vida», afirma.
Aunque parezca paradójico, la suma de pastillas puede terminar restando salud. Núñez asegura que, si un paciente toma siete medicamentos, hay un 80% de probabilidad de interacciones entre algunos de ellos. Y la cifra se eleva al 100% si toma ocho. «Es más fácil indicar un fármaco que retirarlo», dice.
Un ejemplo clásico es la combinación de analgésicos antiinflamatorios (como ibuprofeno o naproxeno) con antihipertensivos: los primeros suben la presión, por lo cual los médicos tienden a aumentar la dosis o cantidad de los segundos, en lugar de plantearse alternativas para el dolor sin efectos sobre la tensión arterial, como el paracetamol. Otra cascada típica de prescripciones se produce con ciertos antidepresivos o antipsicóticos que causan temblores, lo cual puede derivar en la indicación de medicación para el Parkinson.
Mamprin añade que la sumatoria indiscriminada de medicamentos crónicos eleva el riesgo de lesiones renales o hepáticas que afectan su eliminación, lo cual incrementa el potencial de interacciones y efectos adversos. También hay desenlaces inadvertidos: la caída y fractura de un anciano, por ejemplo, puede atribuirse al diurético que lo obligó a levantarse a orinar por la noche.
Según los estudios y diversos especialistas consultados, en el top siete de los medicamentos que toman en exceso los adultos mayores figuran las benzodiazepinas ansiolíticas, omeprazol, ciertos productos para la artrosis (como glucosamina), antidepresivos, antipsicóticos, antiinflamatorios y «estimulantes» de la memoria.
Para el médico clínico Esteban Cichelli, del Sanatorio Modelo de Caseros, es crucial que exista una relación médico-paciente de confianza para iniciar la «deprescripción» de los fármacos inapropiados. «La polifarmacia es un problema que vemos todos los días», destaca.ß
Hebe Zarlenga (83) llegó a tomar de rutina 11 medicamentos. Cuando el geriatra Lucas Corral reevaluó las prescripciones, ajustó dosis y concluyó que 5 de ellos eran innecesarios, incluido un ansiolítico, un diurético y un betabloqueante para el corazón. «Está muy bien», asegura el geriatra. Algunos pacientes polimedicados recurren a soluciones «heroicas». Durval Ledesma (67), con antecedentes de diabetes e insuficiencia cardíaca, fue operado del corazón y a partir de ahí adoptó una dieta naturista que le permitió bajar de diez a cinco medicamentos.
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